VII- UNA OTEADA AL REGISTRO FUNERARIO: AJUARES GUERREROS Y JERARQUIZACIÓN SOCIAL EN LA MESETA OCCIDENTAL
Figura 62.- Necrópolis del Hierro II de la Meseta Occidental: ámbito vetónSeguidamente vamos a prestar atención al panorama funerario del occidente peninsular en la Edad del Hierro con el objeto de cotejar algunas de las ideas expresadas hasta aquí. El primer apunte es poner de manifiesto la relativa escasez de información y la subjetividad innata a la hora de interpretar sociológicamente los depósitos funerarios en los que hay patente una carga simbólica de muy difícil -por no decir imposible- percepción. De entrada se desconoce prácticamente todo sobre el mundo funerario del noroeste, no existiendo evidencia alguna de enterramiento en tierras de galaicos, astures ni lusitanos septentrionales. Los testimonios más occidentales documentados son las necrópolis de cremación correspondientes a los círculos vetón y vacceo en un marco cronológico que tiene su mayor expresividad, grosso modo, en los ss.IV-III a.C., aunque se empiezan a formar algo antes y su uso se mantiene en ocasiones hasta los ss.II-I a.C. La posibilidad de contar con un cúmulo importante de datos sobre estos dos ámbitos, especialmente en la antigua Vettonia, que además han sido valorados en conjunto muy recientemente en un par de monografías dedicadas a este pueblo (120), hace que tomemos el repertorio funerario vetón como guía de referencia.

 
 

Figura 63.- Sectores de tumbas de las necrópolis vetonas de La  Osera y las CogotasLos cementerios vetones son de envergadura considerable, tanto por el número de tumbas de algunos sitios, cuanto por la dispersión de éstas sobre amplias áreas que pocas veces han sido excavadas en su totalidad. Esto explica uno de los rasgos más característicos: la disposición de las sepulturas en distintos sectores separados por espacios estériles. Tal fenómeno responde a patrones espaciales y confiesa conductas socio-familiares. Muy probablemente muestre el reflejo post mortem de unidades gentilicias o familiares, que parecen constituir el sistema de agrupamiento tradicional entre estas gentes. A nivel individual el modelo de enterramiento es bastante uniforme: un pequeño hoyo excavado a poca profundidad en el que reposa la urna cineraria y el resto de elementos de ajuar, que aunque habituales no siempre hacen acto de presencia. Los depósitos funerarios acostumbran a sellarse con tierra y lajas de piedra y sólo esporádicamente se recurre a su singularización exterior erigiéndose algún tipo de estructura tumular o estela. Estos encanchados pétreos albergan generalmente varios enterramientos, pero a veces sólo cobijan uno o incluso pueden carecer de sepultura, como sugieren ciertos cenotafios o tumbas simbólicas del sector I de la necrópolis de La Osera; alrededor de los mismos la concentración de tumbas suele ser una constante. La conexión de estas estructuras tumulares con la élite social no sólo viene corroborada en el hecho de que estas construcciones son elementos de prestigio per se, sino también en que bajo las mismas se exhuman por regla general el mayor número de objetos arqueológicos y los de mayor riqueza. En este sentido, buena parte de las tumbas de guerrero más sobresalientes descansan bajo túmulos y empedrados. 
 
 

Figura 64.- Estructuras tumulares de la zona VI de la necrópolis de La Osera Figura 65.- Túmulos funerarios de La Osera

Los ajuares de las necrópolis vetonas son, en efecto, altamente significativos. En primer lugar porque su distribución no es homogénea (cuadro 1): en unos lugares están presentes en el 15% de los enterramientos (Las Cogotas), en otros en el 30% (El Romazal I), el 50% (La Osera), mientras que hay necrópolis (El Raso, El Mercadillo, Las Ruedas) que contabilizan ajuar en aproximadamente el 80 % de los casos, que como ya se ha dicho no siempre corresponden a la suma total de sepulturas. Todo lo cual lleva ineludiblemente a hablar de distintos grados de riqueza y, en consecuencia, de una sociedad desigual o jerarquizada. Además ha de advertirse que en cada uno de los sectores funerarios que conforman una necrópolis se detecta una disimetría en los ajuares (desde unos pocos muy ricos hasta una mayoría con exiguos elementos o carentes de ajuar), de lo que puede colegirse la existencia de desigualdades internas en cada una de las asociaciones familiares que ocupan espacios determinados. Elementos de ajuar son, además de la propia urna funeraria, una variedad de recipientes cerámicos y, con mayor expresión social, armas (espadas, lanzas, puñales, escudos, corazas, tahalíes...), arreos de caballo y adornos variados (arracadas, anillos, fíbulas, alfileres, pinzas, cuentas de collar de pasta vítrea...). Igualmente pueden incluirse objetos más cotidianos, como herramientas (punzones, hoces...) y útiles domésticos (fusayolas) y/o rituales (calderos, tenazas, asadores, parrillas, trébedes, timiaterios...). 
 
 

Figura 66.- Reconstrucción ideal de un enterramiento vacceo Figura 67.- Ajuares con armas en las necrópolis vetonas

Contrastando la categoría y el número de estos enseres con la estructura de las tumbas y con indicios rastreables en las fuentes literarias, se han llevado a cabo análisis cuantitativos que intentan aproximar lecturas sociales a propósito de las gentes enterradas. Sin duda no representan la totalidad de la sociedad toda vez que la deposición funeraria en necrópolis colectivas tiene un carácter selectivo (121), limitado probablemente a los individuos de pleno derecho. La mayoría de estos ensayos se han practicado sobre los cementerios abulenses de Las Cogotas y La Osera, los que ofrecen un muestrario más completo (122).
 
 

Figura 68.- Ajuar guerrero de la necrópolis vaccea de Las Ruedas Figura 69.- Espada de antenas atrofiadas, tipo Alcacer do Sal y puntas de lanza. La Osera

El armamento es, sin duda alguna, un principio de distinción social, amén de emblema de estatus y autoridad. Éste se recupera en número variable según los cementerios, pero generalmente en una proporción reducida de tumbas: el 3% en Las Cogotas y La Coraja, en torno al 15 % en El Raso y El Romazal I, entre un 15 y un 26% en los distintos sectores de La Osera, un 35% en el cementerio vacceo de Las Ruedas y hasta un 64% en Los Castillejos de la Orden, en el límite de los territorios lusitano y vetón; si bien en estos dos últimos escenarios las áreas excavadas deben corresponder al espacio funerario de personajes socialmente destacados dado el elevado porcentaje de tumbas de guerrero. Conviene precisar que la cantidad y calidad de las armas tampoco es uniforme: numéricamente lo más acostumbrado es la aparición de una o dos lanzas, mientras que las panoplias más completas, las de la élite guerrera (aquellas que incluyen espada o puñal, escudo y un par de jabalinas, acompañándose en ocasiones de bocados de caballo y otras piezas relevantes), suelen ser más esporádicas (123). 
 
 

Figura 70.- Equipos militares de las necrópolis vetonas.
Figura 71.- Equipos militares de las fases I y II en las necrópolis vetonas

A continuación, se presenta un cuadro que muestra la relación de sepulturas con ajuar y sepulturas con armas sobre el total de enterramientos exhumados en necrópolis de la Edad del Hierro Final del Occidente Peninsular (124).

A tenor del aval informativo disponible, la estructura social de la Iberia occidental en las postrimerías del Ier milenio a.C. puede esquematizarse en un patrón piramidal sustentado sobre dos puntales: a) una minoría aristocrática y guerrera, a la que cabe imaginar aventajada económica y políticamente, en el vértice, y, en la base, b) un dilatado cuerpo poblacional en situación de inferioridad. 

 
 
Figura 72.- Fase I del armamento de las necrópolis de la Meseta Occidental Figura 73.- Fase I del armamento de las necrópolis de la Meseta Occidental
Figura 74.- Fase I del armamento de las necrópolis de la Meseta Occidental Figura 75.- Fase II del armamento de las necrópolis de la Meseta Occidental
Figura 76.- Fase II del armamento de las necrópolis de la Meseta Occidental

El punto de partida es remarcar la discriminación de un grupo restringido que hace alarde de riqueza material en el espacio mortuorio. El ajuar no es exclusivo del mismo, pues está presente en distinto grado en otras sepulturas, pero sí tienden a serlo los elementos relacionados con el caballo y, sobre todo, las armas; si no todas, sí los equipos completos y las muestras más espectaculares. En la medida que declara la posición privilegiada y la autoridad de ciertos individuos, el armamento ofrendado en las tumbas se revela con un significado más simbólico (pero selectivo) que real, sin desautorizar su empleo de facto en circunstancias necesarias (125). No es fácil integrar los porcentajes de las diversas necrópolis para determinar el baremo medio de este sector aventajado: las particularidades de cada una, la relatividad estadística a la hora de valorar Figura 77.- Iconografía del caballo y jinete en la cultura material de la Meseta Occidentalpoblaciones globales y las variaciones en el número de depósitos funerarios, en la alineación de los ajuares y en el uso cronológico de los cementerios, plantean trabas difícilmente superables. Pese a ello -y asumiendo la provisionalidad del diagnóstico-, este grupo supondría aproximadamente el 15-20% de cada comunidad. Parece factible discernir en él un subsector ciertamente reducido de individuos, acaso un 5-10% sobre el total. Serían éstos los linajes propietarios de tumbas con estructuras fuera de lo común (túmulos y empedrados); los dinastas que se entierran con panoplias singulares exhibiendo armas de parada; la elite ecuestre que hace del caballo un atributo más de su poder (126); los líderes (¿jefes redistributivos?) con quienes vincular determinados artículos de lujo y bienes de prestigio no pocas veces de naturaleza exótica (127) y que nos anuncian cómo las relaciones con el exterior (guerreras o pacíficas) son otra fuente inestimable de poder. En suma, los jerarcas militares engrandecidos por los muchos semblantes de la guerra (y no sólo por la guerra), a los que nos hemos atrevido a alojar en la parábola de Viriato. 
 
 

Figura 78.- Distribución de ajuares (arriba) y estructura piramidad de la sociedad en Las CogotasSecundando a estos jefes supremos se articula una capa de familiares, fieles o clientes en buena posición socio-económica que tal vez podamos aprehender como individuos de pleno derecho. A ellos cabría asignar en líneas generales las tumbas de riqueza relativa, con elementos de ajuar medio y armas más corrientes. Eso mismo podría avalar su carácter de “propietarios o individuos libres de pleno derecho”: sujetos que llegaron a acumular en vida una fortuna más o menos digna que quedaría reflejada en el equipo funerario, y que a nivel profesional compaginarían sus actividades económicas (agricultura, ganadería, metalurgia y demás industrias artesanales, comercio...) con servicios militares cuando sus jefes lo precisaran. Estas prestaciones de armas, además, bien pudieron ser recompensadas por los círculos rectores con regalos, condecoraciones y otras deferencias; a la sazón, detalles no nimios a la hora de consolidar la situación social de los ciudadanos guerreros. La trabazón entre este sub-conjunto y la elite de poder no está clara, pero bien puede pensarse, al socaire de las fuentes literarias y de lo argüido páginas atrás, en relaciones clientelares de devotii o adhesiones guerreras amoldadas a viejos hábitos indígenas. Incluso arqueológicamente algo así parecen vislumbrar ciertas áreas cementeriales donde una amalgama de sepulturas de mediana categoría se disponen y ordenan en torno a un túmulo principal en posición nuclear.
 
 

Figura 79.- Distribución según categorías de los ajuares de Las Cogotas y La OseraSi en lo relativo a los primeros estadios sociales hay cierta luz, no puede decirse lo mismo de la población restante. Forzando los datos podríamos entrever que en cada unidad poblacional definida (binomio poblado-necrópolis) aproximadamente el 70% de sus integrantes se incluyen en un abultado tronco social caracterizado de entrada por un nivel de riqueza reducido y por una condición social eminentemente baja. Se trata de un colectivo amplio y disperso, compuesto por agrupaciones familiares o gentilidades en proceso de descomposición interna, muy difíciles de escalonar en subgrupos específicos. En el registro funerario este segmento social vendría estandarizado en la mayoría de tumbas simples sin apenas ajuar; pero, hipotéticamente, algunos miembros podrían haber recibido un tratamiento mortuorio substitutivo, quizá por tratarse de personas sin derechos jurídicos suficientes como para ser incluidos en la comunidad y hacer uso de las necrópolis. 
 
 

No se sabe con certeza si la naturaleza de estas gentes humildes fue servil en su conjunto. Probablemente coexistió una población libre más o menos empobrecida con otros grupos subyugados, si bien consideramos que la expresión de esclavitud verdaderamente probada en estas sociedades prerromanas es la de prisioneros de guerra. Por lo demás, esta base social estaría dedicada a labores primarias (cuidado de los ganados, faenas agrícolas y mineras), no ya como propietarios sino presumiblemente como trabajadores dependientes; al tiempo que obligada a participar en empresas al servicio de la comunidad (construcción de obras defensivas, engrosamiento de cuadrillas guerreras, etc.).
 
 

VIII- REFLEXIÓN FINAL

Figura 80.- Detalle del combate del vaso de los guerreros de NumanciaDiremos, como recapitulación última de ideas, que la guerra es un complejo mecanismo que entre otras cosas confiere prestigio político, promoción social e ingresos económicos. Sobre esta base los jefes guerreros son los grandes beneficiarios del sistema. A ellos van a parar fundamentalmente las ganancias obtenidas en tanto líderes y valedores de la comunidad. En primer plano las recompensas mayores, por ejemplo los territorios conquistados. También la fama y autoridad inherentes al liderazgo militar exitoso... Y, por detrás de todo ello, son ellos igualmente quienes controlan y se apropian de otras mercancías móviles venidas con la guerra, caso de los botines y tributos que han acaparado nuestro interés. 
 
 

Las nuevas tenencias -en realidad la suma de los bienes económicos- son posteriormente distribuidas entre la población en una circulación social que recuerda el movimiento centrífugo a partir de un punto central, lo característico del patrón redistributivo. En este marco, una particular modalidad de reparto adoptada por los grupos de poder es la concesión de regalos dentro de una atmósfera de marcada jerarquización. Al fin y al cabo una manera de regular lazos de dependencia y reciprocidad en el seno de unas poblaciones en transformación y con fuertes señales de desigualdad social, tal como descubren varios pasajes de las fuentes clásicas y, explícitamente, la arqueología funeraria de la Edad del Hierro. 

Figura 81.- La muerte de Viriato, jefe de los Lusitanos, de J. de Madrazo

 

Todo ello ofrecía la guerra. Esta cara interna puede ser la clave que de sentido al juicio que la acción de Viriato, circunstancial jefe redistributivo que ha guiado el avance de este ensayo, merece a Dión Casio (LXXIII): “En suma, no emprendía la guerra ni por avaricia, ni por amor al mando, ni por cólera, sino que la hacía por ella misma, y es por esto sobre todo que fue temido por belicoso y conocedor del arte bélico”.
 
 

NOTAS
 

(120) Nos remitimos a estas dos síntesis donde se reúne y enjuicia toda la información conocida, que además nos exime de detallar ahora la bibliografía anterior: ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, pp.169-198 y 295-303; y SÁNCHEZ MORENO, E., Vetones: historia y arqueología de un pueblo prerromano, Madrid, 2000, pp.87-106 y 235-240).

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(121) Súmese la eventualidad de otras prácticas funerarias sin registro arqueológico: la expositio de guerreros caídos en combate para ser descarnados por aves, lo que acreditan Silio Itálico (Pun., III, vv.340-343) para los celtíberos y Eliano (De Nat. An., X, 22) para los vacceos, además de varios testimonios iconográficos; o el arrojamiento de cuerpos y cenizas a ríos y lagos, ritos reconocidos en otras culturas atlánticas e indoeuropeas.

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(122) Así, MARTÍN VALLS, R., “Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, pp.121-123; GONZÁLEZ-TABLAS SASTRE, F.J., “La necrópolis de Trasguija: aproximación al estudio de la estructura social de Las Cogotas”, Norba, 6, 1985, pp.43-51; CASTRO MARTÍNEZ, P.V., “Organización espacial y jerarquización social en la necrópolis de Las Cogotas (Ávila)”, Arqueología Espacial. Coloquio sobre el Micro-espacio, III, Teruel, 1986, pp.127-138; KURTZ SCHAEFER, W.S., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987; SÁNCHEZ MORENO, E., “Aproximación social a la meseta occidental prerromana: riqueza y jerarquización en la necrópolis de El Raso (sector El Arenal). Candeleda, Ávila”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 23, 1996, pp.164-190.

Aun con apreciaciones particulares, estos estudios perfilan una sociedad jerarquizada en cuatro niveles: a la cabeza un puñado de grandes jerarcas militares o caballeros arropados por un cuerpo de guerreros más extenso (armado con equipos sencillos o incompletos), un grupo de artesanos, comerciantes y especialistas mal identificado arqueológicamente y, por debajo, el grueso de gente humilde a quien cabe atribuir las sepulturas sin ajuar, bien con sólo urna cineraria o bien cremaciones depositadas directamente en el suelo, lo propio de los rangos inferiores, tal vez siervos. A este abanico habría que añadir un grupo de enterramientos femeninos, en los que resulta más difícil precisar categorías sociales por la menor expresividad de los materiales asociados. Los nuevos datos que se están ofreciendo sobre el cementerio de La Osera (Chamartín, Ávila) resultan muy indicativos. Según los mismos y en lo que respecta a la cúspide social, habría un reducido número de linajes militares que hacen uso de los túmulos más sobresalientes, cuyas tumbas contienen panoplias completas, atalajes de caballo y otros artículos de prestigio, y con los cuales hay que relacionar las estructuras cenotáficas o “espacios de honor”; además, la contigüidad de ciertos depósitos podría señalar relaciones de parentesco e incluso un carácter hereditario en la transmisión de poder y estatus. Sería el caso de los túmulos con enterramientos superpuestos: después de sellados, se reabrían para acoger sepulturas de otros miembros del linaje (BAQUEDANO BELTRÁN, I. y MARTÍN ESCORZA, C., “Distribución espacial de una necrópolis de la II Edad del Hierro: la zona I de La Osera en Chamartín de la Sierra, Ávila”, Complutum, 7, 1997, pp.175-194).

Para la relación sociedad-arqueología de la muerte, vide las indicaciones de RUIZ ZAPATERO, G. y CHAPA BRUNET, T., “La Arqueología de la Muerte: perspectivas teórico-metodológicas”, Necrópolis celtibéricas. II Simposio sobre los Celtíberos, Zaragoza, 1990, pp.364-369; y las aplicaciones (para el mundo funerario ibérico) de QUESADA SANZ, F., “Riqueza y jerarquización social en necrópolis ibéricas: los ajuares”, en Mangas, J. y Alvar, J., (Eds.), Homenaje a J.Mª. Blázquez, vol.II, Madrid, 1993, pp.447-466.

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(123) En su excelente disección, J.R. ALVAREZ SANCHÍS (Los Vettones, Madrid, 1999, p.177) distingue siete combinaciones o equipos militares diferentes en los cementerios vetones, de los cuales los más frecuentes son los números 1 (una o dos lanzas) y 2 (espada o puñal, escudo y pareja de lanzas). R. MARTÍN VALLS (“Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, p.121) ya había catalogado cuatro sub-categorías dentro de los ajuares guererros, por orden jerárquico: 1) los conjuntos suntuarios, con ejemplares de gran calidad profusamente decorados, 2) los que contienen arreos de caballo, 3) las panoplias completas con armas más sencillas, y 4) las deposiciones con tan sólo uno o dos elementos.

Por otra parte, hay que diferenciar dos momentos principales en la secuencia cronológico-cultural del armamento vetón: Fase I (fines s.V a.C.-fines s.IV a.C.), de la que son características la espada de antenas atrofiadas (sobre todo la modalidad Alcácer do Sal), la espada de frontón, la falcata, el cuchillo afalcatado, la lanza con larga punta de nervio central, el soliferreum, el escudo troncocónico tipo Alpanseque y con más restricción, cinturones y discos-coraza; un elenco de piezas que señalan un notorio influjo ibérico-meridional (ÁLVAREZ SANCHÍS, op. cit., 1999, pp.180-187). Fase II (fines s.IV a.C.-fines s.III a.C.), definida por el mantenimiento de los equipos en general, en los que se van introduciendo, no obstante, novedades como son la preponderancia de la espada de antenas atrofiadas tipo Arcóbriga, la tendencia a reducir la longitud de las armas, la irrupción del puñal (variantes Monte Bernorio, de frontón y dobleglobular) y el incremento de arreos de caballo (sobre todo bocados de anilla) (ÁLVAREZ SANCHÍS, op. cit., 1999, pp.187-194).

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(124) Algunas matizaciones con relación a la cuantificación del cuadro. En el sector Las Guijas B de El Raso el número total de enterramientos es 53, pero sólo 34 son susceptibles de análisis; en La Trasguija, el total de tumbas es 1.613, de las que únicamente 1.447 pueden computarse para este tipo de estimaciones. De La Osera, sólo se ha publicado íntegramente la zona VI, contándose con referencias parciales de la zona I; precisamente no contabilizamos los 17 túmulos sin enterramiento tenidos por cenotafios registrados en esta zona I. Por último, los datos de las necrópolis cacereñas de Alcántara y, sobre todo, de La Coraja son sumamente imprecisos; en absoluto se refieren a la totalidad de la superficie cementerial sino a ciertas áreas sólo parcialmente sondeadas. 

Las cifras han sido sistematizadas a partir de los estudios emprendidos directamente sobre estos cementerios. Para El Raso: FERNÁNDEZ GÓMEZ, F., Excavaciones arqueológicas en El Raso de Candeleda (Ávila), I, Ávila, 1986, pp.529-877; ID., La necrópolis de la Edad del Hierro de “El Raso” (Candeleda, Ávila). “Las Guijas, B”. Arqueología en Castilla y León. Memorias 4. Zamora; SÁNCHEZ MORENO, E., “Aproximación social a la meseta occidental prerromana: riqueza y jerarquización en la necrópolis de El Raso (sector El Arenal). Candeleda, Ávila”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 23, 1996, pp.164-190. Para La Trasguija/Las Cogotas: CABRÉ AGUILÓ, J., “Excavaciones en Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila). II, La Necrópolis”, Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, 120, 1932, Madrid; KURTZ SCHAEFER, W.S., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987. Para La Osera: CABRÉ AGUILÓ, J., CABRÉ DE MORÁN, Mª.E. y MOLINERO PÉREZ, A., El castro y la necrópolis del Hierro céltico de Chamartín de la Sierra (Ávila), Madrid, 1950; BAQUEDANO BELTRÁN, I. y MARTÍN ESCORZA, C., “Distribución espacial de una necrópolis de la II Edad del Hierro: la zona I de La Osera en Chamartín de la Sierra, Ávila”, Complutum, 7, 1997, pp.175-194. Para El Mercadillo: HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. y GALÁN DOMINGO, E., La necrópolis de El Mercadillo (Botija, Cáceres). Extremadura Arqueológica, VI, Badajoz, 1996. Para El Romazal I: HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F., “La necrópolis de El Romazal. Plasenzuela (Cáceres)”, en Mangas, J. y Alvar, J. (Eds.), Homenaje a J.Mª. Blázquez, vol.II, Madrid, 1993, pp.257-270; HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. y GALÁN DOMINGO, E., op. cit., 1996, pp.112-121. Para La Coraja: ESTEBAN ORTEGA, J., “El poblado y la necrópolis de La Coraja, Aldeacentenera, Cáceres”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana, Mérida, 1993, pp.71-82. Para Los Castillejos de la Orden: ESTEBAN ORTEGA, J., SÁNCHEZ ABAL, J.L., FERNÁNDEZ CORRALES, J.Mª., La necrópolis del Castro del Castillejo de la Orden, Alcántara (Cáceres). Cáceres, 1988. Para Las Ruedas: SANZ MÍNGUEZ, C., Los vacceos: cultura y ritos funerarios de un pueblo prerromano del valle medio del Duero. La necrópolis de Las Ruedas, Padilla de Duero (Valladolid). Memorias. Arqueología en Castilla y León, 6, Salamanca, 1998.

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(125) Vide nota 37.

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(126) Al respecto, SÁNCHEZ MORENO, E., “El caballo entre los pueblos prerromanos de la meseta occidental”, Studia Historica. Historia Antigua, 13-14, 1995-96, pp.207-229; ALMAGRO GORBEA, M., Ideología y poder en Tartessos y el mundo ibérico. Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia (Madrid, 17 noviembre de 1996). Madrid, 1996, pp.116-128; ID., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.217-220; ID., “Signa Equitum de la Hispania céltica”, Complutum, 9, 1998, pp.112-113; QUESADA SANZ, F., “¿Jinetes o caballeros? En torno al empleo del caballo en la Edad del Hierro peninsular”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.185-194; SALINAS DE FRÍAS, M., “Sobre la caballería de los celtíberos en relación con su organización social”, Hispania Antiqua, 22, 1998, pp.75-87; GARCÍA-GELABERT PÉREZ, Mª.P., “La caballería entre los pueblos de la Hispania prerromana”, en Alonso Ávila, A., Crespo Ortiz de Zárate, S., Garabito Gómez, T. y Solovera San Juan, Mª.E., (Coor.), Homenaje al profesor Montenegro. Estudios de Historia Antigua. (Universidad de Valladolid), Valladolid, 1999, pp.293-303; ALMAGRO GORBEA, M. y TORRES ORTIZ, M., Las fíbulas de jinete y de caballito. Aproximación a las élites ecuestres y su expansión en la Hispania céltica, Zaragoza, 1999; independientemente de que se trate sólo de “caballeros aristócratas” o de verdaderos equites en el sentido de conformar ya cuerpos militares de jinetes. La proporción teórica jinete/infante con base en la documentación arqueológica se ha fijado en 1/4 en Las Cogotas y en 1/6 en La Osera (ALVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, p.299).

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(127) Substancialmente de origen meridional: falcatas y espadas de frontón, discos-coraza, cinturones ibéricos, recipientes metálicos rituales, cerámicas griegas, adornos de pasta vítrea...; algo que atestiguan con nitidez los cementerios abulenses de La Osera y El Raso en el s.IV a.C. (SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, pp.397-445, 525-538 y 696-707). 

La pregunta es obligada: ¿cómo llegan estas importaciones singulares a tierras centro-occidentales? Entre las respuestas, una posibilidad no excluyente son los ejercicios guerrero-diplomáticos desplegados por las élites lusitano-vetonas en el exterior o en contacto con fuerzas extranjeras. No sólo actos violentos en sí (los ineludibles robos, expolios, botines y tributos que han centrado la primera parte de este artículo); también prácticas de índole benigna: acuerdos políticos, emblemas de amistad, intercambio aristocrático interregional, relaciones comerciales, etc.

Por otra parte es fácil caer en la tentación de, yendo sin duda demasiado lejos, intentar casar la información arqueológica y literaria. Aun asumiendo riesgos, queremos dejar patente la sensación de familiaridad o mensaje común que se obtiene al poner en paralelo aquellos depósitos funerarios que sobresalen por su ajuar nutrido y especial (armas, vajilla, instrumental ecuestre, adornos, calderos, elementos asociados con el fuego; las sepulturas 350, 390 y 514, zona VI, la 551, zona IV, la II del túmulo C, zona I, o el túmulo XXXI, todos en La Osera, por citar unos ejemplos) con el dibujo literario del jefe guerrero propietario y distribuidor de riquezas. De momento sólo una remembranza; deséchese toda pretensión de asociación directa entre testimonios de distinta clase distanciados cronológicamente en dos siglos.