La síntesis de la diversidad. Aspectos de la obra novelística de Carlos Fuentes

 Tomás Albaladejo

(Universidad Autónoma de Madrid) 

 

Si la actitud española ante el 98 puede ser entendida como la de la reconcentración en sí misma, la de la búsqueda de su propia explicación, hay que estar de acuerdo en que España, su realidad, su problemática, no puede entenderse sin América. La pérdida de los últimos territorios españoles en América permitió que cambiara la relación entre España y la América que de ella dependía. En cierto modo, puede decirse que con los acontecimientos del 98 se libera de un importante lastre la relación entre España y la América española: la relación deja de ser de subordinación político-administrativa de ésta a aquélla para transformarse en una relación de vinculación cultural, espiritual en definitiva, en la que las dos partes se encuentran en un mismo plano. Sin embargo, la normalización de la relación entre España y las naciones emancipadas en las primeras décadas del siglo XIX no fue fácil. En el caso de México, tras la traumática ruptura llevada a cabo con una larga guerra que duró desde 1810 hasta 1821, año en que se independizó, el tratado de paz y amistad entre las dos naciones, con el cual se reconocía de derecho la independencia mexicana, no se firmó hasta finales de 1836, fecha tardía en relación con la independencia efectiva, aunque no tanto como la de los tratados con Argentina, en 1859, o Uruguay, en 1870 [Antonio Remiro Brotons, Territorio nacional y constitución 1978, Madrid, Cupsa, 1978].

La obra de Carlos Fuentes tiene, como una de sus más intensas constantes, una reflexión sobre lo español de la cultura mexicana y americana en general y se plantea como objetivo el vínculo cultural entre España y América por encima del económico y el político. En El espejo enterrado, libro cuyo título procede de la costumbre de los olmecas y los totonacas de enterrar a sus muertos con un espejo que les sirviera de guía en su viaje tras la muerte, y también de la obra de Ramón Xirau L'espill soterrat, espejo que mira de América al Mediterráneo y del Mediterráneo a América, escribe Fuentes: "Éste es un libro dedicado, en consecuencia, a la búsqueda de la continuidad cultural que pueda informar y trascender la desunión económica y la fragmentación política del mundo hispánico" [Carlos Fuentes, El espejo enterrado, México, F.C.E., 1992, p. 12].

La actitud de Carlos Fuentes ante el 98 español puede ser considerada en dos niveles. Por una parte, en un nivel explícito, Fuentes es consciente de la importancia del 98 en la historia y en la cultura españolas. En este sentido, en El espejo enterrado hace referencia a la Generación del 98 y a la petición que ésta hizo a España de que se reformara, se conociera y se modernizara. En el ensayo Cervantes o la crítica de la lectura, de 1976, Carlos Fuentes explica cómo la derrota en la guerra con los Estados Unidos de América y las inmediatas consecuencias políticas y económicas que tuvo para España, produjo de manera traumática una respuesta en cadena, de la que, para él, forma parte lo mejor de la literatura y la cultura españolas, y cita la propia Generación del 98 y los nombres de autores de esta generación y de generaciones posteriores: Unamuno, Valle-Inclán, Ramón y Cajal, Machado, Ortega, Guillén, García Lorca, Buñuel, Alberti, Cernuda, Prados [Carlos Fuentes, Cervantes o la crítica de la lectura, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1994].

Pero la actitud de Carlos Fuentes también puede ser tenida en cuenta en un nivel implícito. Actúa en la línea de la Generación del 98 al plantearse el problema de España o, si se quiere, a España como problema, al lamentar que no siguiera las vías de la modernización que tuvo a su alcance. Se instala Fuentes en la amplia corriente de pensamiento literario-ensayístico en la que se situó la Generación del 98 y sus herederos al reivindicar a Quevedo, a Larra, a Blanco White, a Clarín y a todos los que se han planteado la modernización y la ética de España como una necesidad. Tiene presente a Larra al lamentar las luchas fratricidas, tan frecuentes en la historia de España y en la de México. Sin duda, Fuentes enriquece esta visión de España con su perspectiva mexicana. Y el fracaso de la revolución mexicana, como apelación que es a muchas conciencias, le lleva a reflexionar, como a los hombres del 98 respecto de España, sobre la esencia de México. Frente a los indigenistas, reivindica la unión, la fusión de lo indígena mexicano y lo hispánico, que da como resultado una realidad totalmente nueva, una realidad mestiza, diferente de la mera suma de sus componentes; de igual modo que siglos antes componentes muy diversos dieron origen a lo español.

En su reflexión sobre México, Fuentes reclama como literatura de su tradición cultural la literatura española, preferentemente la representada por El libro de buen amor, La Celestina, Cervantes y Quevedo [Cervantes o la crítica de la lectura; Eduardo Becerra, Pensar el lenguaje; escribir la escritura. Experiencias de la Narrativa Hispanoamericana contemporánea, Madrid, Ediciones de la U.A.M., 1996]. Cuenta Fuentes que en su adolescencia el Quijote tenía una presencia en la enseñanza mexicana como "una momia literaria, envuelta en vendajes de respeto idólatra, embalsamada con las técnicas más remotas. Leer el libro, se nos decía, era desagradable, pero bueno para el organismo, como el aceite de ricino" [Carlos Fuentes, "La tradición literaria latinoamericana", en Ana María Hernández de López, ed., La obra de Carlos Fuentes: una visión múltiple, Madrid, Pliegos, 1988, p. 21]; explica que, en contra de esa idea de la literatura, se interesó por la obra: "Intuitivamente, algo me dijo que Don Quijote era un libro que ocupaba el centro de mi herencia, de mi cultura, de mi vida, y si no podía tomar en serio este libro, yo mismo no escribiría nunca nada en serio" ["La tradición literaria latinoamericana", p. 21].

Carlos Fuentes combina literatura e historia en su explicación de lo español, que es absolutamente necesaria para el conocimiento de lo mexicano, como escribe en la "Advertencia" a Cervantes o la crítica de la lectura:

"Tardamos tres siglos en ganar nuestro nombre, nuestra estirpe y en reivindicar, al mismo tiempo que la independencia mestiza, a nuestra madre. A fin de reencontrar a España, México debió, primero, reencontrarse a sí mismo a través de las luchas por la independencia política y en seguida por la independencia económica; contra sucesivas invasiones y mutilaciones territoriales; mediante una búsqueda constante de nuestra identidad nacional, mestiza, heredera a la vez de la civilización indígena y de la civilización española: la reforma de Juárez, la revolución de Zapata y el Estado Nacional de Cárdenas: México, al reconocerse, acabó por reconocer su auténtica herencia española y defenderla con la pasión de quien ha rescatado a su padre de la incomprensión y el odio" [Cervantes o la crítica de la lectura, pp. 9-10].

Este reconocimiento de España para que México pueda reconocerse a sí mismo tiene su correspondencia en el reconocimiento de México y de toda América por parte de España para su propio reconocimiento. Del ser de España forma parte su americanización, su transformación en una América distinta de la que encontraron los primeros españoles que allí fueron.

Y para Carlos Fuentes la lengua es la clave de esta integración entre España y América, entre España y México. Del mismo modo que la historia y la literatura, las raíces literarias compartidas, no son patrimonio exclusivo de España, la lengua es otro patrimonio compartido, que construyen conjuntamente los españoles, los mexicanos y todos los demás hablantes de español en América. Como Ernesto Sabato y otros escritores, Carlos Fuentes considera que la lengua española es de todas las gentes y naciones que la hablan y no asunto exclusivo de los españoles, cuyo planteamiento posesivo en relación con la lengua critica. El engrandecimiento de la lengua española pasa por que asuman responsabilidad con respecto a la misma todos sus hablantes. Y es que la grandeza y el prestigio cultural internacional de una lengua y de la literatura escrita en ella aumentan cualitativamente cuando hay grandes escritores de países distintos del país de origen de la lengua ["La tradición literaria latinoamericana"]. Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Ernesto Sabato, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Alfredo Bryce Echenique y tantos escritores más, no siendo españoles, contribuyen en este sentido a la universalidad del arte de lenguaje en español. Se produce, gracias a los escritores americanos en lengua española, una descentralización con respecto a Europa [Carlos Blanco Aguinaga, "Carlos Fuentes y la nueva novela hispanoamericana", en Cuadernos Políticos, octubre-diciembre de 1974].

En Carlos Fuentes se da la preocupación, de índole noventayochista, por España, preocupación que se funde con su preocupación por México, unida a su interés por recuperar la tradición literaria española y proyectarla en la literatura hispanoamericana.

El autor de La región más transparente plantea una literatura en la que se integran lo español y lo indígena en lo mexicano, en lo mestizo, respondiendo a sus interrogantes sobre la esencia española y la esencia mexicana. La narrativa de Carlos Fuentes se asienta sobre esta síntesis inicial y fundamental para su visión del mundo y del ser humano. La pluralidad propuesta por Carlos Fuentes en su obra está relacionada con la pluralidad esencial de lo mexicano y de México, donde podemos pasar, casi sin darnos cuenta, del Zócalo, con la Catedral y el Palacio Nacional, a Teotihuacán o al Museo Nacional de Antropología e Historia y de ahí a Tlalpan. Componentes diversos se proyectan en una síntesis por la que todo queda integrado en una nueva realidad. Del mismo modo se produjo la síntesis española, que paso a ser un componente de la síntesis mexicana. Escribe Carlos Fuentes a propósito del pluralismo de la España medieval proyectado en los Siglos de Oro: "La triple herencia de España optó por la clandestinidad y el disimulo. Pero el lenguaje, la sensibilidad y las tensiones del arte y la literatura españolas serían marcados para siempre por el pluralismo de su auténtica herencia cultural" [Cervantes o la crítica de la lectura, p. 67].

La amplitud de la obra narrativa de Fuentes, tanto por el número de novelas y cuentos como por la extensión de la mayor parte de las primeras, junto a su práctica del ensayo e incluso del teatro, facilita la acogida de temas, técnicas y perspectivas en el tratamiento de la cuestión central que es la constitución plural del ser humano y de la sociedad. El planteamiento histórico y cultural de Fuentes hace que la suya sea una literatura de la síntesis, una literatura de lo mexicano como concreción de la universalidad de la fusión cultural, que en lo mexicano procede de lo español y de lo indígena americano.

Para la explicación de la evolución de la obra narrativa de Carlos Fuentes, Francisco Javier Ordiz ha distinguido tres etapas: la primera, que va desde los cuentos de Los días enmascarados, de 1954, hasta 1964, año de publicación de los cuentos de Cantar de ciegos, incluye su primera novela, La región más transparente, de 1958, y La muerte de Artemio Cruz, de 1962, y se caracteriza por la experimentación lingüístico-narrativa y por tratar principalmente de la "filosofía de lo mexicano"; la segunda, hasta 1980, de la cual forma parte Cambio de piel, de 1967, se caracteriza por un grado máximo de experimentación; la tercera etapa, que llega hasta 1985 supone el abandono, en general, de la experimentación [Francisco Javier Ordiz, El mito en la obra narrativa de Carlos Fuentes, León, Universidad de León, 1987]. Salvo en el caso de Cristóbal Nonato, de 1987, la obra narrativa posterior de Fuentes continúa en la línea de esta tercera etapa [Teodosio Fernández, Selena Millares, Eduardo Becerra, Historia de la literatura hispanoamericana, Madrid, Universitas, 1995].

Para Carlos Fuentes la síntesis de lo español y lo indígena en lo mexicano es un paso necesario para la combinación y la colaboración entre lo mexicano y lo español europeo. Pero la síntesis se extiende a otros ámbitos de su obra: ésta se caracteriza también por la síntesis de imaginación y realidad, por la síntesis de historia y ficción, por la síntesis de lo fantástico y lo verosímil, así como por la síntesis de voces y representaciones de grupos étnicos y sociales.

Carlos Fuentes, escritor de la síntesis, de la integración de constituyentes diferentes, construye su obra en concordancia con esto, tanto en los mundos que crea como en su configuración formal y lingüística. La suya, como literatura de la síntesis, lo es de la integración de lo real, lo mimético y lo no mimético; en su obra se mezclan la historia, la ficción verosímil y la ficción inverosímil [Tomás Albaladejo, Semántica de la narración: la ficción realista, Madrid, Taurus, 1992].

La literatura crea su propio referente, pero necesita modelos de mundo que elabora o selecciona el autor. El lenguaje con el que se construye la obra literaria no se identifica con la realidad, como se lee en una reflexión contenida en una de las novelas de Carlos Fuentes: "Esta narración lastrada por las pasiones del tiempo se derrota a sí misma porque jamás alcanza la perfección ideal de lo que se puede imaginar. Ni la desea, porque si la palabra y la realidad se identificasen, el mundo se acabaría, el universo ya no sería perfectible simplemente porque sería perfecto. La literatura es una herida por donde mana el indispensable divorcio entre las palabras y las cosas" [Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Madrid, Alfaguara, 1995, 4ª ed., p. 15]. Es por ello por lo que la literatura tiene que construir su propio referente, con autonomía de la realidad, es decir, tiene que elaborar su propia realidad, que no coincide con la realidad efectiva. Para Carlos Fuentes, las novelas existen por el lenguaje, se hacen a sí mismas [Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana, México, Joaquín Mortiz, 1980, 6ª ed.]. Y el referente narrativo puede corresponder a un modelo de mundo de lo real, a un modelo de mundo de lo ficcional verosímil o a un modelo de mundo de lo ficcional inverosímil, incluidas las mezclas y combinaciones de estas tres posibilidades, con la correspondiente actividad del mecanismo que hace posible en tales casos la atracción que sobre la totalidad del conjunto ejerce siempre lo más alejado de la realidad, lo más intensamente ficcional, de acuerdo con la ley de máximos semánticos [Semántica de la narración: la ficción realista]. La tensión entre el lenguaje y la realidad es un elemento definidor del arte de lenguaje, en el que éste pretende abarcar una realidad que nunca resulta dominada.

La literatura como configuradora de la realidad, la literatura como hjelmsleviana forma del contenido de la sustancia del contenido que es la realidad se sitúa entre la vida y el autor, según explica Fuentes en una reflexión de autor-narrador: "La literatura es mi amante, y todo lo demás, sexo, política, religión si la tuviera, muerte cuando la tenga, pasa por la experiencia literaria, que es el filtro de todas las demás experiencias de mi vida" [Diana o la cazadora solitaria, p. 29]. La realidad llega a existir verdaderamente a partir de la literatura que la expresa, pero existe configurada por la literatura.

Se produce una tensión entre los distintos integrantes de la síntesis que hay en la obra de Carlos Fuentes. En la tensión entre dichos integrantes radica una de las fuerzas de la construcción de la novela y la narrativa en general. Los tres elementos de Bajtin actúan hacia esta síntesis, en la que la tensión es inevitablemente debida a la diversidad de los componentes de cada uno de los elementos. El elemento cognitivo o ideológico como realidad plural es la base en la que están enraizados los distintos personajes que componen el elemento ético y que se proyectan en el elemento verbal o estético [Mijail Bajtin, Teoría y estética de la novela, Madrid, Taurus, 1989]. La polifonía, como pluralidad de voces y de conciencias [Mijail Bajtin, Problemas de la poética de Dostoyevski, México, F.C.E., 1986], es una característica de la novela y está relacionada con la complejidad del elemento ideológico que a través de los personajes con sus conciencias se manifiesta en el elemento verbal [Antonio García Berrio, Teoría de la Literatura (La construcción del significado poético), Madrid, Cátedra, 1994, 2ª ed. revisada y ampliada]. De lo que se trata es de representar con el lenguaje narrativo las relaciones de alteridad [Valentin Voloshinov, El marxismo y la filosofía del lenguaje, Madrid, Alianza, 1992] del mundo y su configuración como conjunto con decisivas diferencias internas. Y es alteridad porque hay comunicación, porque hay diálogo entre los componentes de la síntesis, que están caracterizados por ser diferentes. La alteridad y la diversidad se dan entre los personajes, sus orígenes, sus actitudes, y son establecidas discursivamente por las voces del texto narrativo [Tomás Albaladejo, "Sociolingüística en retórica: alteridad y diversidad en la acción discursiva", en Pilar Díez de Revenga, José M. Jiménez Cano, eds., Estudios de sociolingüística II. Sincronía y diacronía, Murcia, Diego Marín, 1999]. La síntesis que lleva a cabo Carlos Fuentes se basa en la alteridad entre los componentes y en la diferencia entre éstos, por lo que es síntesis acompañada de imprescindible tensión. La novela tiene una estructura polifónica como la tienen las cámaras de representación política, en las que los diversos sectores sociales e ideológicos (elemento cognitivo o ideológico) están representados por los parlamentarios-oradores (elemento ético), que pronuncian discursos (elemento verbal) polifónicamente diferenciados sobre una relación de alteridad. Incluso las interrupciones, frecuentes en el parlamentarismo mexicano [Teresa Carbó, "Towards an Interpretation of Interruptions in Mexican Parliamentary Discourse (1920-60)", en Discourse and Society, 3, 1, 1992], constituyen una fuente de construcción de polifonía. La atención de Fuentes a la ciudad de México y a la vida de la nación mexicana le hace incluir componentes muy diversos en la síntesis, con su correspondiente tensión entre estos componentes aun dentro de la conglomeración resultante.

La primera novela de Carlos Fuentes, La región más transparente, supone el comienzo de una creación de mundos de la síntesis mexicana. Novela de la ciudad —macrociudad— de México, tiene en su título resonancias de Visión de Anáhuac (1519) de Alfonso Reyes, quien la defendió, a diferencia de la crítica de índole tradicional, que fue hostil a esta novela. La síntesis que supone La región más transparente es reafirmada por la absorción que lleva a cabo el misterioso personaje Ixca Cienfuegos:

"El frío viento de diciembre arrastró a Cienfuegos, con pies veloces, por la avenida, por la ciudad, y sus ojos —el único punto vivo y brillante de ese cuerpo sin luz— absorbían casas y pavimentos y hombres sueltos de la hora, ascendían hasta el centro de la noche y Cienfuegos era, en sus ojos de águila pétrea y serpiente de aire, la ciudad, sus voces, recuerdos, rumores presentimientos, la ciudad vasta y anónima, con los brazos cruzados de Copilco a los Indios Verdes, con las piernas abiertas del Peñón de los Baños a Cuatro Caminos, con el ombligo retorcido y dorado del Zócalo [...]" [Carlos Fuentes, La región más transparente, ed. de Georgina García Gutiérrez, Madrid, Cátedra, 1994, pp. 544-545].

Para, más adelante, mostrar un conjunto de nombres españoles, aztecas y mexicanos orientados hacia la síntesis, conjunto del que forman parte, entre otros muchos: Cortés, Sor Juana Inés, Bernal Díaz del Castillo, Amado Nervo, Cuauhtémoc, el obispo Zumárraga, Pancho Villa, etc., etc.

Novela de la ciudad de México y de la nación mexicana, La región más transparente, es una auténtica síntesis de todos los componentes —diferentes entre sí y en perpetua comunicación y diálogo— constituidos por diversos momentos, diversos personajes, diversas conciencias y diversas voces. Comienzo de la actividad de escritura novelística de Carlos Fuentes cargado de esfuerzo en aras de la instauración de un lenguaje que cree su propia realidad configurada como un complejo mundo de síntesis, entre otros componentes, de lo real, de lo ficcional verosímil y de lo ficcional inverosímil, con la atracción que sobre lo real y lo ficcional verosímil ejerce lo ficcional inverosímil, que determina que el mundo del conjunto total de la obra sea ficcional inverosímil, con aspectos de realismo mágico. Los días enmascarados, colección de cuentos publicada en 1954, antes que La región más transparente, está formada por cuentos fantásticos, construidos según modelos de mundo de ficción inverosímil, con implicaciones en la obra posterior de Fuentes [Georgina García Gutiérrez, Los disfraces: la obra mestiza de Carlos Fuentes, México, El Colegio de México, 1981].

La región más transparente es una novela fundamentalmente polifónica, en la que el numeroso conjunto de personajes implica un amplísimo despliegue de conciencias manifestadas en una rica variedad lingüística, ejemplo de la cual es el siguiente diálogo con versos de una canción intercalados (en cursiva del autor):

"¡Ay ay ay ay ay! Las olas de la laguna

— ¿Qué hay, Beto?

— Pos ahi...

— ¿El negocio?

— Ahí nomás...

— ¿Y tu amigo?

— Es Gabriel.

— ¿El que se fue de bracero?

— ¿Cómo...?

— Teódula me lo contó.

— Pos a poco.

¡Ay ay ay ay ay! unas vienen y otras van

— Oyes, que el señor aquí es amigo de la viuda Teódula, Gabriel.

— Pos sí.

— ¿Qué tal te fue por allá?

— Pos ahí, cómo le diré...

— ¿Se toman algo?

— Pa' luego...

¡Ay ay ay ay ay! Unas van para Sayula [...]" [La región más transparente, pp. 311-312].

Después de Las buenas conciencias, publicada en 1959, aparece la novela más conocida de Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz (1962), en la que las propias técnicas narrativas pueden ser consideradas un verdadero centro de atención en la complejidad de la obra. La construcción basada en los pronombres 'yo', 'tú' y 'él' es un despliegue de mundos organizados sobre la conciencia del protagonista agonizante desde su subjetividad (yo), sobre el subconsciente y sobre una conciencia universal desde la objetividad (tú), con la segunda persona narrativa iniciada por Sturgeon y Butor [Mariano Baquero Goyanes, Estructuras de la novela actual, Barcelona, Planeta, 1970], y sobre la narración en tercera persona de etapas de su vida (él). Novela en la que se muestra la historia de México desde el siglo XIX hasta el momento de la propia redacción de la obra, La muerte de Artemio Cruz está orientada a elucidar la complejidad de la revolución y de las guerras civiles de México y a reflexionar sobre la contradicción del asentamiento conservador de la propia revolución representada por la evolución del protagonista. Véase, en este sentido, la adhesión interesada del diputado Artemio Cruz al poder:

"[...] él sólo venía a reiterarle su adhesión al señor Presidente, su adhesión incondicional, y el gordo le preguntó si deseaba algo y él le habló de algunos terrenos baldíos en las afueras de la ciudad, que no valían gran cosa hoy, pero que con el tiempo se podrían fraccionar y el otro prometió arreglar el asunto porque después de todo ya eran cuates, ya eran hermanos, y el señor diputado venía luchando, uuuy, desde el año '13 y ya tenía derecho a vivir seguro y fuera de los vaivenes de la política [...]" [Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, ed. de José Carlos González Boixo, Madrid, Cátedra, 1995, p. 238].

Actitud de adaptación a las circunstancias basada en la conveniencia que caracteriza las actuaciones del protagonista y que es el eje de su conducta política. Es el principio del enriquecimiento de Artemio Cruz a partir de la revolución, proceso que es tratado por Fuentes en más obras y en otros personajes, como Federico Robles en La región más transparente, millonario y antes revolucionario.

En La muerte de Artemio Cruz se produce la síntesis de los componentes constituidos por las secciones narrativas organizadas sobre el yo, el tú y el él. Tiene lugar así una visión completa interior y exterior de un personaje que, en la evolución de su propia vida, es síntesis de distintas épocas y secciones sociales de México. Incluso una vinculación con España por la presencia y muerte de Lorenzo, hijo de Artemio Cruz, en la guerra civil española, en una proyección del carácter épico que gran parte de la novela tiene en el desarrollo de su argumento en México. La complejidad lingüístico-narrativa de esta novela es resultado de la propia constitución referencial, de la propia complejidad del mundo que crea Carlos Fuentes, con un protagonista que quiere encontrar justificación a su vida, pero que está sujeto a un subconsciente y a una conciencia universal que no le permiten la justificación o, al menos, se la dificultan, y todo ello junto a la presentación objetiva de esa vida. Se trata de una globalidad creadora en la que funciona con la mayor eficacia la coherencia entre los distintos niveles de la obra narrativa.

Los pronombres aparecen fusionados en la última de las secciones del yo de la novela:

"YO no sé... no sé... si él soy yo... si tú fue él... si yo soy los tres... Tú... te traigo dentro de mí y vas a morir conmigo... Dios... Él... lo traje adentro y va a morir conmigo... los tres que hablaron... Yo... lo traeré adentro y morirá conmigo... sólo..." [La muerte de Artemio Cruz, p. 404].

Cambio de piel, novela publicada en 1967, constituye una intensa experimentación en el lenguaje y en la estructura de la narración. Contiene la aproximación en síntesis entre lo europeo y lo mexicano, con hilos narrativos distintos y complementarios. Muestra de la complementariedad característica de esta novela es la presencia de anticipaciones incompletas como la descripción de la Pequeña Fortaleza que hay en el capítulo segundo:

"[...] La cantina de la guardia junto a la entrada del patio de mujeres y los talleres detrás de la cantina, en el mismo edificio. De herrería, cerrajería, carpintería; muebles, juguetes, féretros, cuchillos. Y detrás los lavaderos donde sólo trabajan hombres y algunos sábados las mujeres pueden lavar la ropa personal de los prisioneros. [...]" [Cambio de piel, Madrid, Alfaguara, 1994, p. 73].

Esta descripción, de la que solamente he reproducido un fragmento muy breve, es una anticipación de la que hay más adelante en el mismo capítulo, que ya es la descripción de un campo de concentración nazi:

"[...] La cantina de la S.S. está junto a la entrada al patio de mujeres y las mujeres lavan los pisos y las ventanas tres veces por semana. Detrás de la cantina, en el mismo edificio, están los talleres de herrería, cerrajería, carpintería, que producen muebles, juguetes, féretros, cuchillos. Y detrás los lavaderos donde sólo trabajan hombres y algunos sábados las mujeres pueden lavar la ropa personal de las prisioneras. [...]" [Cambio de piel, p. 176].

En la primera descripción la fortaleza no aparece asociada explícitamente al pasado nazi de uno de los personajes, Franz, sino solo alusivamente y sin que para el lector quede vinculado a dicho pasado:

"[...] El crematorio también fue construido más tarde. Repito. El crematorio. Me niego y me traiciono, Elizabeth, recordando estos pasados. ¿Por qué seguir recordando esos pasados? ¿Seré realmente un rebelde sin causa envejecido, un angry young man rancio, a middleaged beatnik? [...]" [Cambio de piel, p. 73].

En la segunda descripción, todo es explícito:

"[...] Y detrás de la puerta de la muerte estaba el Hundenkomando con los perros alsacianos a los que Joeckel entrenaba. [...] No hay palas y los prisioneros trasladan la tierra entre las manos y en sus gorras. Arbeit macht frei." [Cambio de piel, p. 176].

Tras escribir novelas como Terra nostra, de 1978, en la que es examinada la historia de España, en muy estrecha relación con Cervantes o la crítica de la lectura, como Gringo viejo, de 1985, sobre un personaje real, Ambrose Bierce, escritor y periodista norteamericano que estuvo en la guerra civil mexicana del siglo XX, o como Cristóbal Nonato, novela de narración del futuro, Carlos Fuentes publica en 1994 Diana o la cazadora solitaria, novela en la que hay una importante presencia de la reflexión del autor-narrador sobre el lenguaje y sobre la literatura, que más arriba ha sido tenida en cuenta. Diana o la cazadora solitaria, sin ser una novela tradicional, no es un espacio de experimentación sobre el lenguaje. El protagonista es un escritor que se llama Carlos y en determinados aspectos es una proyección de Carlos Fuentes. Una de estas reflexiones se refiere a la idea de la novela:

"La verdad es que el tema social de esos libros no tenía para mí verdadero valor si no iba acompañado, también, de una renovación formal del género novelesco. La manera cómo lo decía era para mí tan importante o más que la materia de lo que decía. Pero todo escritor tiene una relación primaria con los temas surgidos de su medio, y una relación mucho más elaborada con las formas que inventa, hereda, copia o parodia —toda novela contiene estas vertientes, se nutre de estos surtidores, novela e impureza son hermanas; novela y originalidad, consuegras" [Diana o la cazadora solitaria, p. 61].

A propósito de Luis Buñuel, que aparece como personaje en la novela, hace Carlos Fuentes unas interesantes consideraciones sobre el surrealismo. No en vano, ésta es una novela en la que se produce una síntesis entre realidad —son interesantes los elementos autobiográficos— y ficción, así como entre el componente ensayístico, con importante presencia en la obra novelística de Fuentes, y el componente estrictamente narrativo.

Carlos Fuentes no desaprovecha las oportunidades que le ofrece un planteamiento de novela con espacios ensayísticos para insistir en la herencia española en México y en su conjunción con lo indígena, en una decidida afirmación de lo hispánico en el mundo americano en el que tan grande es la presencia de lo angloamericano:

"Los Estados Unidos no tuvieron Edad Media. Es su gran diferencia con los europeos, desde luego, pero también con nosotros, los mexicanos, que venimos de los aztecas pero también del Mediterráneo, de los fenicios, los griegos y los romanos, pero también de los judíos y los árabes, y junto con todos ellos, de la España Medieval" [Diana o la cazadora solitaria, p. 85].

Síntesis acumulativamente continuada que da como resultado una de las culturas más ricas y sugerentes del mundo, la mexicana, en la que es decisiva la aportación española, contando con la lengua, que trasladada al Nuevo Mundo adquiere en éste carta de naturaleza y se somete a nuevas tensiones, como la que supone su intento de abarcar nuevas realidades, con un evidente enriquecimiento.

Novelista de la síntesis, Carlos Fuentes expresa en sus novelas la realidad y la problemática de lo mexicano, con sus imprescindibles componente hispánico y componente indígena, y, en definitiva, la constitución plural de los grupos humanos, que se configuran polifónicamente a partir de la pluralidad de sus miembros. Síntesis, pues, también de los componentes de esta pluralidad, que, sin perder su propia identidad y su diferenciación, son incorporados en el referente y en la construcción textual a la obra narrativa, para, en ésta, contribuir a su organización como representación de un mundo en el que las relaciones de alteridad permiten interpretarlo en su globalidad y en las peculiaridades de sus constituyentes.

Preocupación constante de Carlos Fuentes es la construcción del lenguaje y de la estructura narrativa que exigen no sólo el tema de la obra, sino también la configuración social, étnica, ideológica, etc. del mundo que constituye su referente. Esto le lleva a intentar en todo momento una creación lingüístico-narrativa que represente de la manera más adecuada, a pesar de que la realidad no pueda ser agotada por el lenguaje, la complejidad de los referentes narrativos, que es la propia de la realidad en la que están insertos o con la que están relacionados. Entre los mundos complejos y los lectores se sitúan, a la vez como interposición y como vehículo comunicativo, un lenguaje y una estructura narrativa que, desde su complejidad