SUMMARY
A general view of the studies on the Iberian Culture is exposed, with indication of the scientific main meetings that they have been promoted lately in order to study it, and a special interest in showing a fundamental aspect of the Iberian civilisation: their evolved and urban character.
RESUMEN
Se expone una panorámica general de la situación. de los estudios sobre la cultura ibérica, con indicación de las principales reuniones científicas promovidas últimamente para su estudio, y un especial detenimiento en mostrar una dimensión fundamental de la civilización ibérica: su carácter evolucionado y urbano.
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El tiempo discurre linealmente, sin más pautas que las que marcan los años y sus ciclos estacionales y, dentro de ellos, el martilleo incesante de los días. Pero ante la linealidad del tiempo a largo plazo - el Chronos eterno -, el hombre ha tenido siempre la artificiosa obsesión, o la necesidad, de marcar hitos en grupos de años, agrupados con criterios como el tan humano y perceptible de generación o de "época"- el latino Saeculum -, o apoyados a menudo en las cifras redondas de nuestras cuentas convencionales. Aquí se va a hablar bastante de décadas, un manojo de años de envergadura muy abarcable, tan cómodo y justificado que yo mismo lo voy a utilizar sin miramientos.
Pero a mí me cabe el honor de abrir fuego en este Congreso con una intervención que hace referencia a los umbrales de un nuevo milenio, el segundo de nuestro cómputo.
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Vista parcial de la muralla del oppidum ibérico de Plaza de Armas de Puente de Tablas (Jaén). ©Archivo Fotográfico Laboratorio Virtual de la Cultura Ibérica (U.A.M.). |
Y hablar de milenios produce ya un vértigo más que considerable, que en anterior ocasión arrojó a muchos por el abismo de las más insospechables especulaciones. Por eso, escaldado por el calor de aquél suceso, trataré de moverme con el tranco más humano de las décadas, y con ello marcar más de cerca el paso con el que desfilarán también otros intervinientes.
Estamos, en efecto, avanzando en la década que cierra un milenio en el cómputo de las culturas occidentales, década que, para el conocimiento de la cultura ibérica que es lo que ahora nos interesa , resulta una etapa de satisfactoria consolidación de los estudios sobre nuestra más atractiva Protohistoria. Inmerso en ellos, la contemplo como una época de sosiego, de asentamiento de los conocimientos, después de fases de estudios más convulsas y, en cierta manera, imprevisibles.
Tuvo la cultura ibérica una "década prodigiosa", como la tuvo la Europa sociológica en los años sesenta. Para el mundo ibérico lo fue la siguiente, la década de los setenta, en que nuestro subsuelo ibérico se desperezaba gritando en los algo dormidos oídos de la ciencia de entonces la noticia de varios alumbramientos literalmente estremecedores. Temblaba, en efecto, la arquitectura de lo sabido con la aparición de la Dama de Baza, del monumento funerario de Pozo Moro, o del conjunto escultórico de Porcuna. El primer bronce de Botorrita representaba, desde otro punto de vista y en un ambiente más lejano y muy cercano al mismo tiempo, otro bramido espectacular. Y soplaron los vientos de renovación científica y metodológica que animaron la singladura de varios congresos, entre ellos el celebrado en Barcelona-Ampurias en 1977 sobre El origens del món iberic, o el que trató en Madrid, en 1979, a la llamada de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología, de La baja época de la cultura ibérica, una parcela apenas trabajada hasta entonces.
Los vientos de renovación metodológica arreciaron en los ochenta, una de tantas expresiones de los progresos que avanzaban por todos los frentes. Cabe destacar, entre los numerosos ejemplos recordables, la celebración a partir de 1984, en Teruel, de los conocidos Congresos sobre Arqueología Espacial (que sin un seguimiento tan literal de la expresión inglesa Spatial Archaeology, deberían haberse llamado "Arqueología del territorio"), a impulsos de una atención prestada a los problemas de organización del territorio y de los asentamientos iniciada a fines de los setenta por el importante estímulo metodológico de la Arqueología anglosajona. Una muestra de la particular incidencia de ésta y de otras tendencias en los estudios sobre la cultura ibérica la ofrecen las ponencias presentadas en las 1 Jornadas sobre el mundo ibérico, celebradas en Jaén en 1985, cuyas Actas se publicaron en 1987.
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Lagares del Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María, Cádiz). S. IV a.C. ©Archivo Fotográfico Laboratorio Virtual de la Cultura Ibérica (U.A.M.). |
Por otra parte, en 1986 se celebró otra interesante reunión científica patrocinada por el Ministerio de Cultura y la Casa de Velázquez para tratar de Los asentamientos ibéricos ante la romanización, con resultados igualmente publicados en 1987. En ambos casos se prestaba particular atención a los problemas de organización territorial, al estudio de los asentamientos y de su realidad urbanística y arquitectónica. Los dos, por lo demás, cumplen ahora una década desde su celebración, y constituyen un hito de interés al que referir cualquier reflexión acerca del estado de los conocimientos por entonces y de cuánto y cómo se avanzado en nuestros días.
Para no alargarme demasiado en lo que pretende ser una introducción a mi exposición, señalaré que percibo esta década de los noventa, la que despide el milenio, como un tiempo de relativo sosiego, de sólido avance científico, según demuestran los rasgos de un panorama y un ambiente científicos resumibles en los siguientes:
- Se ha apagado aunque afortunadamente no del todo o perdido virulencia un debate de base fundamentalmente metodológica. La "Arqueología espacial" y el conjunto de la renovación metodológica animada en buena parte por algunas escuelas de prehistoriadores, llegó a hacerse particularmente arriscada, y más detenida en cuestiones abstractas o de principio que en aplicaciones o estudios concretos. Sus toques de atención y sus resultados superados los momentos de más acusada ventolera han sido enormemente fructíferos.
- Se ha elevado el nivel de planificación de los estudios de Arqueología de campo, en buena parte como fruto de los avances metodológicos tratados en línea con lo dicho anteriormente. En ésto, la más sosegada mirada actual tiene una de sus vertientes más fructíferas en la revisión de excavaciones anteriores (San Miguel de Liria, Tossal de Manises, Salobral, Hoya de Santa Ana, Cerro de los Santos, etc.).
- Se acometen cada vez más empresas colectivas dedicadas a cubrir huecos percibidos en la investigación anterior, poner al día cuestiones medulares, o potenciar nuevas líneas de investigación. Como en los congresos mencionados, una cuestión principal, la relación de la cultura ibérica con la griega, fue tratada ampliamente en una table ronde celebrada en Burdeos en 1986: Grecs et Iberes au IVe siecle avant Jésus-Christ, commerce et iconographie (publicada en la Revue des Étud.es Anciennes 89, 1987).Una reconsideración de los pueblos de la Hispania antigua se abordó en una reunión sobre Paleoetnología de la Península Ibérica, en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, en 1989 (las actas, en la serie Complutum 2-3, 1992). Poco después, en 1991, se celebraba en la Universidad Autónoma de Madrid un nuevo Congreso de Arqueología Ibérica, dedicado específicamente a Las necrópolis (actas en la Serie Varia 1, del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la citada Universidad, Madrid, 1992), congreso con el que se pretendía completar la revisión y puesta al día proporcionada por las Jornadas de Jaén, más atentas a los problemas del poblamiento. Tampoco conviene olvidar el Congreso de Jerez de 1993, convocado para, entre otras cosas, recordar un simposio memorable, el celebrado en 1968 en Jerez sobre la cultura tartésica: Tartessos, 25 años después, 1968-1993 (actas editadas en la misma Jerez, en 1995). Bastaría contrastar lo expuesto en estas dos importantes reuniones dedicadas a Tartessos para comprobar el enriquecimiento en los conocimientos sobre esta cultura fundamental para el entendimiento de las bases del mundo ibérico, así como sopesar las notables diferencias en cuanto a enfoques, posiciones teóricas y corrientes de interpretación entre quienes participaron en una y en otra.
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Pectoral de El Carambolo (Camas, Sevilla). ©Ministerio de Educación y Cultura, Madrid. |
- Se multiplican los estudios globales o de conjunto, con una nueva visión del mundo ibérico, ejemplificables en el personal trabajo de Arturo Ruiz y Manuel Molinos, Los iberos. Análisis arqueológico de un proceso histórico, publicado por Crítica, en Barcelona, 1993.
- La sosegada mirada científica al mundo ibérico equilibra sus efectivos pasos hacia adelante con una mejor asunción de nuestra propia tradición historiográfica, muy alentada en el panorama actual de nuestros estudios hasta haberse constituido en una verdadera e importante moda científica , de lo que constituye un principal manifiesto inicial la celebración, en 1988, del primer congreso sobre Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antigua en España (siglos XVIII-XX), organizado por el Departamento de Historia Antigua y Arqueología del Centro de Estudios Históricos del C.S.I.C. (publicadas las actas por el Ministerio de Cultura, Madrid, 1991).
- De entre las iniciativas no tan directamente promovidas por arqueólogos e historiadores, pero muy importantes para el progreso del conocimiento sobre la cultura ibérica, cabe destacar las reuniones dedicadas a aspectos generales, pero especialmente atentas a las cuestiones lingüísticas, referidas como Coloquios sobre Lenguas y Culturas Prerromanas de la Península Ibérica, iniciados en la Universidad de Salamanca en l974, y llamados Coloquios sobre lenguas y culturas paleohispánicas desde el tercero de la serie, celebrado en Lisboa en 1980.
- Permítaseme aludir, por último, a un indicador más de la madurez de los estudios sobre el mundo ibérico que tiene que ver con nuestra propia tarea, no personal, sino referida a la creación de la primera revista científica dedicada exclusivamente al mundo ibérico, creada en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid con el nombre de Revista de Estudios Ibéricos (REIb.). Nacida inicialmente con el amplio apoyo de las regiones e instituciones que representan los integrantes de su Consejo de Redacción, y abierta a todos los científicos que tratan de las diferentes manifestaciones de la cultura ibérica, la REIb. pretende contribuir al definitivo asentamiento de la investigación sobre la cultura ibérica y puede convertirse en una de tantas señales de solidez y afán de progreso que dan vitalidad en nuestros días a los estudios ibéricos.
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Altar con forma de lingote chipriota de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz). ©Sebastián Celestino. |
En definitiva, vivimos años en los que los estudios ibéricos gozan de bastante buena salud, con multitud de novedades e iniciativas. ¿Cómo tomarle, entonces, el pulso y mostrar lo más novedoso y representativo de su nueva apariencia en una exposición aconsejable y necesariamente breve? Hay muchísimos aspectos que merecerían la atención en cualquier ensayo de síntesis, y además de los trabajos citados, como muestra reciente de la multitud de aspectos tratados en los años últimos, cabe contemplar los comentarios y referencias bibliográficas reunidos en el número 30-31 del Boletín de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología (Enero-Diciembre de 1991), titulado "Veinte años de Arqueología en España" y dedicado en homenaje a D. Emeterio Cuadrado pionero de los estudios ibéricos ; o la más reciente aproximación bibliográfica a los estudios ibéricos del bienio 92-93 realizada por F. Quesada (1994).
Puesto que una aproximación a todo lo sustancial, por somero que fuera, desbordaría los límites de esta exposición, me limitaré a señalar algunos aspectos de importancia, observados y analizados desde una perspectiva que he cultivado más en los últimos años, y que me parece una de las más adecuadas para entender e interpretar en su plenitud la cultura ibérica. Me refiero a su estudio en función de su carácter urbano, el análisis de sus manifestaciones principales teniendo en cuenta la naturaleza de los fenómenos propios de la ciudad.
Aunque pudiera resultar innecesario comenzar por argumentar sobre el carácter urbano o no de la cultura ibérica, tal vez sea conveniente recordar que la polémica científica sobre esta cuestión sólo parece haber quedado zanjada en los muy últimos años a favor de la existencia de modos de vida urbanos en el seno de las sociedades ibéricas. Aún no hace mucho, un gran iberista y maestro de todos, el Profesor Tarradell, se inclinaba por considerar que la cultura ibérica no llegó a alcanzar las formas evolucionadas de cultura que entendemos por urbanas. En efecto, junto a la modernidad de sus planteamientos, en cuanto a la necesidad de entender, por ejemplo, la acción romana como "transformación" de la sociedad existente, sin desvinculación respecto de los períodos históricos que le precedieron, a la hora de determinar si el fenómeno urbano se constata en la cultura ibérica, opinaba: "Aparte de los casos de ciudades coloniales (Emporion y Ebusus) ¿es lícito referirnos a ciudad? El término, en historia antigua, es más vago de los que podría parecer a primera vista... Sin embargo, resulta evidente que cuando nos referimos a ciudades en nuestro caso, cuyo modelo se toma de las griegas o romanas el concepto se delimita: en nuestras civilizaciones indígenas no tuvimos nada semejante; en todo caso lejanamente aproximado. La falta de edificios públicos religiosos o civiles , la simplicidad de las estructuras urbanísticas y, en la mayor parte de los casos, la extensión del conjunto, nos aleja del modelo de ciudad mediterránea clásica, que es el que nos importa considerar aquí y ahora" (Tarradell, 1976, 289-292).
En el tratamiento de la cuestión se hacía más énfasis en los datos materiales sobre las características formales de los asentamientos que en cuestiones más hásicas o generales, que tuvieran en cuenta la dimensión socioeconómica del fenómeno, la caracterización territorial y la valoración de todo ello desde planteamientos teóricos más explícitos. No es que hubiera que empezar una andadura inédita, porque muchos planteamientos de gran operatividad posterior estaban ya iniciados en estudios como los de J. Maluquer, con su acertada propuesta sobre la necesidad de distinguir entre la vida urbana o el nivel urbano y las estructuras morfológicas consecuentes entendibles por urbanismo (Maluquer, 1976), o los clásicos de A. García y Bellido (p.e., 1954), sin olvidar los importantes trabajos de otros autores, como G.A. Mansuelli (1974) o los más antiguos de A. Balil, que con posiciones muy innovadoras, y considerando que la civilización ibérica constituía, más que una cultura periférica, un fenómeno "paraclásico", opinaba sobre su alto grado de complejidad, con una clara tendencia a los niveles urbanos, en el que incluso hablar de ciudades no era una exageración, sino el reconocimiento de su verdadera significación (Balil, 1971, 24 y passim).
Hoy día se tiene por asumido el carácter urbano de la sociedad ibérica, con muchos matices según tiempos y regiones, y con la conciencia de que queda mucho por recorrer a la hora de determinar el tipo de ciudad y su configuración urbanística en cada zona y en cada tiempo, la influencia de las culturas extrapeninsulares y su carácter, el comienzo de la vida urbana y sus causas y determinantes. Todo se contempla a la luz de datos arqueológicos mucho más numerosos y mejor tratados tanto los recientes como los antiguos sometidos a revisión y de una reflexión histórica y sociológica enriquecida por el progreso de las posiciones metodológicas y teóricas, según comentaba más arriba.
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Tumba con forma de lingote chipriota. Necrópolis de los Villares (Hoya Gonzalo, Albacete). ©Juan Blánquez. |
He argumentado en varios trabajos que la historia del urbanismo hispano comienza con la formación y consolidación de la cultura tartésica. Ya en la etapa definida arqueológicamente como Bronce Final Tartésico se apunta a formas de organización territorial de carácter urbano, detectables, entre otras razones, en la importancia que adquiere el control de las vías de comunicación para garantizar el flujo de mercancías para el comercio, factor económico éste que se presenta como catalizador básico de la vida y la economía urbanas (entre otros: Bendala, 1989, 1994a, 1995). Surgirán centros en lugares con algunos o graves inconvenientes, pero muy favorables para e1 comercio, factor que se impondrá a los desfavorables hasta determinar la perduración del asentamiento y su incorporación a la red básica de centros urbanos desde entonces hasta hoy. Es el caso de Onuba/Huelva, Hispalis/Sevilla, el mismo Gadir/Cádiz y tantos otros. Se fue tejiendo una red de centros de vocación o carácter urbano cada vez más tupida, en principio con rasgos urbanísticos muy modestos o abiertamente elementales, que no pasaban de ser aglomeraciones de chozas o poco más, y que invitan a hablar con todas las cautelas que el término implica de una fase "protourbana". Pero sería el comienzo de un proceso de consolidación urbana que entrará en una etapa de maduración de gran importancia en la inmediata época orientalizante, como consecuencia de las aportaciones culturales coloniales. Se robustece la organización urbana desde el punto de vista territorial, y se transforma la apariencia urbanística y arquitectónica de los asentamientos, ahora con edificios de planta regular, mejor construidos y con una creciente atención a las obras públicas, para lo que basta recordar como ejemplo el gran muro de aterrazamiento del Cabezo de San Pedro de Huelva, o las importantes obras de fortificación de muchos asentamientos (Setefilla, Tejada la Vieja, Plaza de Armas de Puente de Tablas, Castillo de Doña Blanca, etc.).
En relación con la cultura más propiamente ibérica, ha sido una importante vía de progreso el establecimiento de nexos definitivos con la tartésica, como hace algún tiempo se venía subrayando (p.e., Abad, 1979). Tartessos, con su extensión a zonas cada vez más extensas a partir de su foco nuclear en el bajo Guadalquivir, creará la base sobre la que se desarrollará la cultura ibérica, con numerosas facies regionales derivadas de razones de sustrato, de los condicionantes geoeconómicos de cada zona, o del mayor o menor grado de incidencia de las diferentes corrientes culturales y de población que afectaron a la Península (Bendala y Blánquez, 1987). Así, mientras la región nuclear tartésica y una amplia región directamente conectada con ella que por el occidente alcanza hasta buena parte del mediodía del actual territorio portugués se perfila en su carácter turdetano como heredera de Tartessos, pero fuertemente marcada por el influjo feniciopúnico (Bendala, 1994b), la alta Andalucía y las tierras del levante mediterráneo evolucionan también sobre la base de un sustrato tartésico cada día mejor documentado (trabajos de Arteaga, 76-78, González Prats, 1992, etc.); en este caso, con importantes influencias feniciopúnicas también, tendrá un más directo impacto la colonización griega, con el resultado del desarrollo de algunas de las facies más características de lo que entendemos por cultura ibérica clásica.
La conexión entre el sustrato tartésico y las creativas culturas ibéricas de la alta Andalucía y el Sudeste, se comprueba en manifestaciones urbanísticas relevantes, como la hermandad o los paralelismos formales y temporales entre dos yacimientos ampliamente documentados en los años últimos: los oppida de Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva) y de Plaza de Armas de Puente de Tablas (Jaén), el primero en el área tartésica nuclear (Fernández Jurado, 1987), el segundo en la alta Andalucía (Ruiz y Molinos, 1993, 191 ss.). También puede advertirse esa conexión en el hecho de compartir elementos culturales significativos, como el valor religioso o simbólico de la forma de "lingote de cobre chipriota" o de "piel de buey", que en los últimos años se ha convertido en uno de los aspectos más llamativos de las culturas tartésica e ibérica. Conocida su presencia de antiguo en elementos tan característicos de la arqueología tartésica como los pectorales del tesoro de El Carambolo, recientemente, en el marco de la importante proyección de la cultura tartésica hacia Extremadura, se han documentado altares con esa misma forma en el "sancta sanctorum" del edificio de Cancho Roano (Celestino, 1994). En cuanto a su presencia en ámbitos más directamente ibéricos, es muy notoria la forma de "lingote" dada al recinto en que se levantaba el monumento funerario de Pozo Moro (Almagro- Gorbea, 1983), forma que también se proyecta a la configuración de túmulos, fosas de cremación o a sistemas de cubrición y se supone que de protección en la necrópolis ibérica de Los Villares de Hoya Gonzalo, también en Albacete (Blánquez, 1992). Y también en el poblado ibérico de El Oral (San Fulgencio, Alicante), una estancia principal de posible función sacra, ofrecía el suelo decorado con este característico motivo compuesto con arcillas de diferentes tonos de forma muy destacada por su tamaño y por su ubicación en el centro de la sala (Abad y Sala, 1993, 179).
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Sección de la muralla de Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva). ©Archivo Fotográfico Laboratorio Virtual del la Cultura Ibérica (U.A.M.). |
La importancia del sustrato tartésico para la formación y el desarrollo de la cultura ibérica, explica otra de las conclusiones relevantes que han ido asentándose gracias a la investigación de los últimos años, y es la solidez de la cultura ibérica en fases tempranas del siglo VI a.C. Son numerosísimas las pruebas de esa realidad, que, por lo demás, sitúa a la cultura ibérica en la sintonía de una generalizada maduración urbana y urbanística en las sociedades evolucionadas de todo el ámbito mediterráneo. Y valga citar, a título de ejemplo y en cuanto a la urbanística, la organización con trazado regular de los oppida citados de Tejada la Vieja y de Plaza de Armas de Puente de Tablas que marcará en adelante la disposición de sus hábitats respectivos , fenómeno acompañado o seguido de obras de refuerzo en las murallas mediante el añadido de recias torres cuadrangulares, y la aplicación de avanzadas fórmulas de planificación por la regularidad del trazado, la funcionalidad y la modulación incluso en un poblado tan modesto como el también citado de El Oral, y ya en las tempranas fechas de fines del siglo VI o comienzos del V a.C. que corresponden a su fundación.
La fructífera captación de la relación existente entre la cultura tartésica y las ibéricas, entendida aquélla como sustrato y éstas como "facies" cronorregionales posteriores, permite entender las diferentes áreas de la cultura ibérica sin los ingredientes de marginación que, respecto de lo percibido como más propiamente ibérico, parecía proyectarse sobre todo lo demás. Sin entrar aquí en matices ni caracterizaciones en menudo que ya fueron abordados en el Congreso sobre Paleoetnología antes citado , se puede estar de acuerdo en la consideración de la existencia de una cultura ibérica clásica o "más clásica" desarrollada particularmente en la alta Andalucía y el Sudeste, favorecedora de importantes manifestaciones de la cultura material, con un gusto por las referencias figurativas que van desde la cerámica a la gran producción escultórica; junto a ella se configuraron facies de diferente personalidad, entre ellas y muy contrastadamente la propia de la baja Andalucía y buena parte de lo que había sido la zona nuclear de Tartessos la Turdetania, en una palabra , cuyo perfil cultural no puede juzgarse como resultado de la marginación respecto de las áreas "clásicas", formalmente más creativas, ni como expresión de decadencia respecto de ellas o del brillante pasado tartésico. Muy al contrario, la investigación arqueológica reciente detecta momentos de gran esplendor y actividad en los siglos V y IV a.C. en el registro material de numerosos yacimientos Tejada la Vieja (Fernández Jurado, 1987, 182-183), Carmona (Pellicer y Amores, 1985), Castillo de Doña Blanca (Ruíz Mata y Pérez, 1995, 72-73), Cerro Macareno (Pellicer, Escacena y Bendala, l983), etc., tanto si se analizan los procesos urbanísticos y arquitectónicos, como si se toman en consideración las secuencias estratigráficas y la concentración en esas fechas de ánforas índice de comercio o de productos de importación índice de lo mismo y de prosperidad .
Es un hecho que la Turdetania transitó por caminos culturales distintos de los seguidos por las culturas ibéricas "clásicas", debido, entre otras cosas, al peso creciente del factor púnico, sobre la base de una fuerte incidencia fenicia anterior, lo que daría por resultado un hecho que explícita y rotundamente describe Estrabón: al tratar de la Turdetania y de los turdetanos comenta, en 3,2,13, que "su sujeción a los fenicios fue tan completa, que hoy día la mayoría de las ciudades de la Turdetania y de las regiones vecinas están habitadas por ellos". Este fenómeno, que arqueológica y culturalmente se detecta en tantas cosas, como he argumentado en no pocos trabajos (p.e.: Bendala, 1987, 1992a, 1994; también: González Wagner, 1983; González Wagner y Alvar, 1989; Arteaga, 1994), ha tenido en los últimos años una espléndida vía de comprobación en el estudio del armamento. La falcata, un arma llena de sugerencias culturales y de contenidos simbólicos, se presenta como característica de las zonas que consideramos ibéricas clásicas (Quesada, 1992), mientras que la Turdetania hace asomar su progresivo distanciamiento respecto de ellas en la ausencia casi total de la característica espada ibérica, y la presencia de púnicos o la impregnación de sus hábitos culturales en la abundancia de puntas de flecha de arponcillo, la pieza principal de una arma declaradamente púnica (Quesada, 1989). Lo mismo se deduce del riquísimo campo de análisis que componen las acuñaciones monetales, que aunque propias de un momento posterior al que ahora directamente nos interesa, hace explícita en su difusión, los tipos, los letreros, la caracterización de las cecas, en suma, la adscripción a la cultura púnica o el peso de la misma y de sus gentes en las regiones de que hablo (una visión de conjunto: García- Bellido, 1993).
Otro elemento importante y también recientemente puesto de relieve a la hora de considerar el carácter urbano de la cultura ibérica, ha sido la constatación de la existencia de santuarios o templos en los núcleos de habitación, una de las clamorosas ausencias que en Tarradell y tantos otros provocaba suspicacias puestos a determinar si habían alcanzado o no los iberos niveles urbanos. Las excavaciones recientes o la reconsideración de las antiguas, están comprobando que la posesión de santuarios o templos urbanos era un hecho generalizado. Y no es el caso pasar revista ahora a los documentados, con más o menos datos, en La Illeta dels Banyets (Campello, Alicante), La Escuera (San Fulgencio, Alicante), La Alcudia de Elche (Alicante), La Serreta (Alcoi, Alicante), San Miguel de Liria (Valencia), La Quéjola (San Pedro, Albacete) y otros lugares (tratados conjuntamente, con la bibliografía, por Aranegui, 1994; el de La Quéjola, excavado después: Blánquez, 1995). Es, además, un fenómeno que se comprueba igualmente en los ámbitos tartésicos, muy especialmente en la etapa orientalizante y con gran peso de la influencia de los colonos fenicios, entre los que los templos urbanos tenían la importancia que se refleja en la ciudad de Gadir. Como prueba arqueológica de lo dicho a propósito de centros sagrados en ambientes urbanos tartésicos orientalizantes o directamente debidos a "colonias" o grupos de semitas establecidos en ellos piénsese en los edificios de carácter sacro excavados en el asentamiento de Montemolín (Bandera et alii, 1995) y, más recientemente, en Carmona (Belén et alii, 1993). Queda en ésto mucho camino por andar, aunque se tiene la conciencia de estar en la dirección adecuada, a la búsqueda de nuevos testimonios y de la interpretación adecuada de los ya existentes, y ante la posibilidad de ir definiendo los tipos predominantes, las pautas según regiones o los referentes externos cuando los hay (una reflexión general: Almagro-Gorbea, 1996).
Por su parte, el arte ibérico y, particularmente, su expresión más brillante en la escultura mayor, ha ido cobrando en los últimos años el valor añadido de ser una de las expresiones más elocuentes de la dimensión urbana de la cultura a la que pertenece. Si la cultura ibérica empezó a dar señales de su existencia con e1 hallazgo de algunos de sus más señaladas producciones escultóricas desde las esculturas del cerro de los Santos a la Dama de Elche también a finales del milenio sigue teniendo en las esculturas y su valoración cultural una referencia principal, para la caracterización y para la discusión de sus aspectos más importantes y controvertidos. Me resistiré a la tentación de comentar algunas cuestiones principales sobre la escultura ibérica porque su importancia y el interés del debate actual en torno a ellas alargaría en exceso estas páginas, cuando lo aconsejable es ya terminarlas. He tenido ocasión reciente de mostrar mi parecer sobre muchos extremos que caracterizan lo que puede ser su valoración actual (p.e.: Bendala, 1992b, 1994c), y es un campo tratado por esmero y con éxito por numerosos equipos de investigadores que están poniendo de relieve la cantidad de información, de sugerencias, que albergan las producciones artísticas ibéricas, en sus aspectos técnicos y formales, en sus contenidos iconográficos, en tantas cosas. Si para muestra vale un botón, sea éste la variada aproximación hecha últimamente a polifacética Dama de Elche (un trabajo colectivo dirigido por Olmos y Tortosa, 1997.).
Si a todo lo dicho se suma lo ni siquiera comentado, que es mucho, y mucho más que lo citado, se comprenderá que alcanzamos la raya del 2000 con los estudios ibéricos en plena ebullición. En medio de ella se hace difícil no recordar con cierta melancolía a quienes fueron nuestros maestros y despertaron en nosotros el interés o incluso el entusiasmo por la cultura ibérica, y cerraron el ciclo de sus vidas conscientes de que aguardaban muchas sorpresas de las que vivencial e intelectualmente no iban a ser testigos. Ellos son el pasado firme al que remitirnos a la hora de impulsar definitivamente unos estudios que se asoman al nuevo milenio con el vigor y la capacidad de hacer recuperable una de las culturas más personales del Mediterráneo antiguo, expresión de otra de las raíces que alimentaron la caracterización cultural de la vieja Europa que, con su personalidad y su rica diversidad, sigue siendo contemplada hoy como un alentador proyecto de futuro.