(NUEVAS PROPUESTAS INTERPRETATIVAS DE ESPACIOS SINGULARES EN EL SURESTE MESETEÑO)
SUMMARY
Revision and study of some sacral places in Iberien sites of the mesetary South-Eart supported by new documents. More concretely, it’s the revision of a series of places documented in the sites of El Amarejo (Bonete, Albacete) individually valued until today, but that under our point of view requires an unitary study, as a whole. On the other hand, in this study, the interpretation of the singular space of La Quéjola (San Pedro, Albacete) is presented, discovered one decade after, and that, due to it’s unsurpassable state of conservation, with the practic totality of it’s materials in situ, permits the deep study of this sacral place, which was very probably a mediterranean thesauros, obviously from the iberic indigenous perspective. It is, therefore, a parcial revision of ancient excavations joined to new methodologic requests.
RESUMEN
Revisión y estudio de algunos espacios sacrales documentados en poblados ibéricos del sureste meseteño a la luz de los nuevos documentos. Se trata, en concreto, de la revisión de una serie de espacios documentados en el poblado de El Amarejo (Bonete, Albacete) hasta la fecha valorados de manera individualizada pero que, bajo nuestro punto de vista, exijen un estudio unitario, de conjunto. Por otro lado, se presenta en este estudio la interpretación del “espacio singular” de “La Quéjola”, descubierto una década después y que, gracias a su inmejorable estado de conservación, con la práctica totalidad de sus materiales in situ, permite estudiar en profundidad dicho espacio sacral interpretable, muy probablemente, como un thesauros mediterráneo, lógicamente desde la perspectiva indígena ibera. Se trata, pues, de una revisión parcial de antiguas excavaciones acompañadas de nuevas propuestas metodológicas.
Introducción
1.-El Poblado Ibérico De El Amarejo (Bonete, Albacete)
2.-El Thesauros De La Quéjola (San Pedro, Albacete)
2.1- El Edificio Singular

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El estudio de los espacios sacrales en la Cultura Ibérica ha sido, durante décadas, una línea de investigación poco atendida. A pesar de su incuestionable importancia de cara a conseguir una visión global de esta cultura, la dificultad de obtener información en este campo a través del registro arqueológico ha sido, y sigue siendo, notable. A ello
habría que sumar la escasa aportación de las fuentes textuales grecorromanas; así como la imposible lectura, hasta la fecha, del repertorio epigráfico ibérico (Síles 1985) aun conscientes de que, después del etrusco, constituye el más abultado corpus
de lengua no clásica mediterránea con más de 1750 inscripciones (en este sentido véase, en este mismo volumen, el trabajo de J. de Hoz).
Ante este panorama aparentemente decepcionante resulta paradójico, sin embargo, el hecho de que desde el inicio de los estudios ibéricos han sido sus santuarios objeto de intensas excavaciones. Baste
recordar, en este sentido, los trabajos arqueológicos en el Cerro de los Santos (Ruiz Bremón 1989, con toda la bibliografía anterior) dentro de la actual provincia de Albacete y, ya en Andalucía, los de Collado
de los Jardines (Calvo y Cabré 1918; Eodem 1919) y Castellar de Santisteban (Prados 1992, 65 y ss.). En uno y otros, sus espectaculares esculturas en piedra y numerosísimos exvotos en bronce, respectivamente, centraron buena parte de la investigación y,
desde el principio, ocuparon espacios privilegiados de los museos satisfaciendo, así, conceptos expositivos y del conocimiento hoy día superados (Rodero 2000).
El temprano interés por estos y otros lugares de culo, caso de La Luz (Mergelina 1926; Lillo 1999, para las nuevas excavaciones); La Serreta (Llobregat et Alii 1992, con un estado de la cuestión sobre los trabajos de Camilo Visedo; posteriormente Grau 1996); o el del poblado de Sant Miquel de Llíria (revisado por Bonet 1995, con toda la bibliografía
anterior) entre otros, tuvo su incuestionable utilidad al favorecer, con sus lucidos materiales, la definitiva consolidación de los estudios ibéricos y, a través de los mismos, de su configuración como una cultura de claro corte mediterráneo; paraclásica
como acertadamente parafraseara el profesor Balil. Pero, paralelamente, la misma lozanía de aquellos trabajos arqueológicos explica que se acometieran desde una perspectiva metodológica hoy día superada. En efecto, aquellos trabajos demasiado apoyados en
el valor de las piezas en si mismas, en sus valores estéticos -de ahí la desorbitada atención a su estatuaria- hicieron dejar de lado aspectos hoy básicos en la metodología arqueológica. Nos referimos, en concreto, a dos de ellos: la valoración del
contexto y la secuencia estratigráfica. Ello limitó sus el alcance de sus investigaciones, sobre todo a la hora de interpretar históricamente los importantes conjuntos de cultura material obtenidos a través de las excavaciones.
Sin embargo, en esta última década el panorama de la investigación ha cambiado notablemente. Tal y como comentábamos, una más cuidada metodología de campo y, lo que es más importante, la
renovada visión de los parámetros culturales en los que hay que entender la cultura ibérica han permitido reconocer, pensamos que adecuadamente, determinados espacios “singulares” en numerosos poblados directamente relacionados con su religiosidad.
Derivado de ello se ha favorecido, igualmente, la revisión de antiguas excavaciones materialmente posible hoy gracias a la conservación de sus detalladísimos Diarios de Excavación y sus respectivos archivos
fotográficos realizados en aquella época, en la mayoría de las ocasiones, por los propios investigadores (Blánquez y Roldán 2000).
Baste citar como ejemplo dentro de esta nueva corriente las nuevas propuestas interpretativas en torno al Cerro de los Santos (Ramallo 1993; Noguera 1994) complementadas con los nuevos trabajos llevados a cabo en la ermita de La Encarnación, en Caravaca (Brotons y Ramallo, 1993; Ramallo 1999). En ambos yacimientos se ponen de manifiesto la temprana incorporación en nuestra península de ideas y conceptos procedentes de los santuarios laciales, ya en los últimos años de la República, y cuya materialización supuso el inicio de la monumentalización de los espacios sacros ibéricos; cuestión ésta hasta aquel momento inexistente. Pero, a su vez, la revisión global de aquellos antiguos trabajos permite replantear cuestiones igualmente interesantes, tales como la cronología de sus niveles más antiguos y, con ello, de su producción escultórica, tradicionalmente considerada antigua y que, hoy creemos, ya no se debe defender.
A raíz de las excavaciones de Fernández de Avilés en El Cerro de los Santos (Campañas de 1962 y 63) la tan citada antigua cronología de un original santuario ibérico bien pudo haber quedado
definitivamente desechada. Sin embargo, todas estas ideas preconcebidas que antes hemos comentado, unido a la temprana muerte de su excavador, que impidió la publicación completa de sus estudios (Idem 1966) no lo hicieron posible. No obstante, con motivo de
la reciente donación a la Universidad Autónoma de su legado científico, gracias a la desinteresada generosidad de su viuda Asunción Fernández (Blánquez y Sánchez 1999) esta cuestión, pensamos, puede quedar definitivamente solucionada (Sánchez 2000).
La falta de adecuados registros estratigráficos a causa de la antigüedad de las excavaciones había obligado a los investigadores, en numerosas ocasiones, defender cronologías para sus
yacimientos apoyadas en la valoración estilística de sus materiales. Ante esta orientación la escultura monumental en piedra o los citados exvotos en bronce servían, de manera plenamente satisfactoria, para fechar santuarios como el citado Cerro de los
Santos (Chapa 1985, Eadem 1994; Blech 1997; Leon 1997, Eadem 1998); o los ya andaluces de Collado de los Jardines y Castellar de Santisteban (Nicoloni 1969, Idem 1976-78; Prados 1992). Sin embargo, dicha correcta opción metodológica obviaba el carácter conservador de la iconografía sacral ibérica, aspecto éste característico de todas las religiones mediterráneas, incluso en la actualidad. Así, las imágenes de las esculturas ibéricas, exclusivas de
este ambiente, al igual que los exvotos en bronce, mantuvieron un intencionado conservadurismo icongráfico y formal que, bajo nuestro punto de vista, dificulta de manera muy notable, por no decir que imposibilita,
fechar con precisión este tipo de materiales y, con ellos, los contextos en donde aparecen.
En este sentido, siguiendo con el ejemplo de El Cerro, sus conocidas “damas oferentes” pensamos que no deberían fecharse a finales del siglo Va.C. (Nicolini 19 Ruiz Bremón 1989, 179) ni tampoco a lo
largo del s.IV a.C” (Blázquez 1983, 98; Ruano 1987, T.I, 239; Eadem T.II, 143; Ruiz Bremón 1989, 178; León 1997, 161) sino, más bien, a muy finales del s.IV, si no iniciado ya el s. III a. C. Entre otros argumentos querríamos destacar el hecho de que no
se documentaron materiales arqueológicos de anterior cronología en las excavaciones llevadas a cabo por Fernández de Avilés, aun a pesar de la zanja abierta por éste, hasta la roca virgen, en la ladera norte, la más cercana al templo. La acometió entre
1962 y 1963, y llegó a tener 50 m. de longitud y no se encontraron materiales significativos fechables en tan antigua cronología. En este sentido, las tantas veces citadas “cerámicas griegas” como clara
“evidencia” de una antigua fase para el santuario no deja n de ser sino perduraciones estrictamente puntuales coherentes con el comentado carácter conservador de todo espacio religioso.
Igual pensamos que ha ocurrido con los exvotos en bronce de los santuarios andaluces y del sureste peninsular. El carácter arcaizante de una, por cierto, muy reducida parte de los mismos no debería ser
esgrimido como evidencia de “un antiguo inicio” en la vida de los yacimientos. La gestualidad de los exvotos apenas evidencia modificaciones durante generaciones y, en cuanto a sus vestimentas y peinados, en la medida que vamos obteniendo información en
este campo, fundamentalmente gracias al conocimiento de la escultura mayor, observamos similar conservadurismo. Valga el caso, como ejemplo, del conocido mango de puñal procedente de Jaén (Blázquez 1983, 427) depositado en el Museo Arqueológico Nacional (nº.
inv 1970/14) con la representación de un personaje masculino que protagoniza una escena de sacrificio. Pues bien, aparece peinado con largos cabellos en un momento en que en el que, en todo el Mediterráneo,
primaba entre las elites aristocráticas el pelo corto (Blánquez 1992, 127).
Esta revisión de antiguas excavaciones acometida, eso si, desde renovados planteamientos metodológicos ha supuesto un revulsivo en el estudio de la religiosidad ibérica, pues ha permitido reconocer la
presencia de “espacios singulares” de marcado carácter sacro dentro de los mismos. Destacaríamos en este sentido, dada su relativa proximidad geográfica o por paralelos en entre sus materiales, las llevadas a cabo en Sant Miquel de Lliria (Bonet 1997)
en donde, como veremos, se ha llegado a identificar un pozo votivo (favissa) de notables concomitancias con el excavado en El Amarejo (Aranegui, 1997); en La Serreta de Alcoi (Llobregat et Alii 1992); o en El Cigarralejo (Lucas 1998; Blánquez y Quesada 2000)
si bien en este último yacimiento su completa valoración dista de estar acabada.
Pues bien, ante todo este panorama de necesarias revisiones y nuevos descubrimientos traemos aquí dos ejemplos, pensamos que representativos, de ambas posibilidades cuyo nexo común de partida es su pertenencia a un mismo territorio que, a
tenor de su paisaje funerario (Blanquez 1990; Idem 1999), tuvo que tener gran importancia cultural no siempre reconocida por la bibliografía; el sureste de la meseta. Su privilegiada situación en el contexto peninsular, a caballo entre la costa levantina y
el territorio andaluz, le hizo estar atravesada por importantes vías de comunicación (Sillières 1977; Blánquez 1998; Idem 2000a) razón de ser de su pujanza; si bien, en siglos posteriores quedó relegada a un segundo plano dentro del concierto nacional.
Así, hasta prácticamente el actual Estado de las Autonomías, limitada durante siglos a ser limitatativo “cruce de caminos”.
Nos referimos, por un lado, al poblado de El Amarejo (Bonete, Albacete) excavado entre 1978 y 1988 (Broncano y Blánquez 1985; Broncano 1989). Durante los trabajos de campo se documentaron, entre otras estructuras, un supuesto “almacén” cerámico; un pozo votivo, o favissa; y tres departamentos junto al mismo que, bajo nuestro punto de vista, permiten hoy una renovada -a la vez que conjunta- reinterpretación. Por otro lado, traemos aquí un “espacio singular” descubierto con motivo de las excavaciones llevadas a cabo en el poblado de La Quéjola (San Pedro, Albacete) caracterizado, desde un primer momento, como de incuestionable valor sacral (Blánquez 1993; Idem y Olmos 1993).