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El poblado de El Amarejo se encuentra, en la actualidad, situado dentro de un paisaje notablemente transformado en relación con el suyo original. De marcado carácter continental, destaca hoy la ausencia de masa arbórea reducida a chaparras y retamas a favor de una agricultura cerealista de secano acentuada con la concentración parcelaria llevada a cabo en la década en los años 60. Todo ello ha provocado, tal y como decíamos, una inversión casi total de su paisaje primigenio.
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Detalle del muro sur del almacén del Amarejo, con el revoco original y posterior derrumbe. |
Sin embargo, la analítica efectuada a partir de las muestras orgánicas recogidas durante las excavaciones, concretamente dentro de su pozo votivo, junto con la documentación obtenida en otras excavaciones de similar cronología permiten hoy acercarnos, de manera bastante satisfactoria, al paisaje original de este asentamiento ibérico. Parece ser que estuvo inmerso en un clima notablemente más húmedo; de abundantes masas arbóreas, fundamentalmente de pino negral y encina, complementadas por sabinas que todavía podemos ver en el cercano monte de El Mugrón. Junto a ellas, fresnos, chopos y arbustos completarían el entorno vegetal del asentamiento. De manera paralela, la disposición vertical de los estratos geológicos en toda la zona tuvo que propiciar la afloración natural de abundantes manantiales que asegurarían agua para la población, así como un significativo cultivo de huerta. El alto escogido para asentar el poblado fue un cerro testigo, amesetado, caracterizado por la alternancia de potentes estratos de calizas duras y areniscas, notablemente más blandas. Ambas configuran un aterrazamiento natural inteligentemente aprovechado en época ibérica a la hora de estructurar su urbanismo e, incluso, facilitar determinadas actividades constructivas, pozos y silos fundamentalmente (ver fig. 1). El poblado ocupó todo el tercio superior del cerro pero, a través prospecciones superficiales, parece que la parte habitada corresponde sólo a su mitad oriental al quedar ésta protegida de los vientos dominantes, apoyando las casas directamente sobre las terrazas calizas. Su muralla, prácticamente perdida en la actualidad, debió aprovechar el escalonamiento natural del cerro y, con poca obra, debió alcanzar alcanzar una potencia considerable. Por último, la puerta, localizada al norte, encajaba su armazón de madera en la terraza rocosa mediante un sistema mucho menos sofisticado que el documentado en su vecino Meca (Broncano y Alfaro 1990).
1.a.- El Almacén cerámico (terraza inferior)
Denominado originalmente Departamento nº.4 fue excavado durante las campañas de 1978 y 1979 (Broncano y Blánquez 1985, 143 y ss.). Se encuentra situado junto al resto de las estructuras que, a continuación, comentaremos si bien 2,5 m. más abajo, ya en la terraza inferior. La planta de la estancia era rectangular, sin compartimentación interna alguna, y reducidas dimensiones con respecto al resto de los departamentos excavados, pues sólo alcanzaba los 3,30x2,20 m.
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Quemaderos del espacio sacro de El Amarejo. Museo de Albacete. |
Su construcción delata un inteligente aprovechamiento de las posibilidades del terreno, hasta el punto de que dos de sus lados -el norte y oeste- corresponden la roca natural, ligeramente retocada este último de cara a posibilitar un primer acceso original. Es a través del estudio constructivo del muro sur como queda evidenciado la existencia de dos fases sucesivas coincidentes, a su vez, con un cambio en el sistema de entrada a la estancia. En un primer momento, sobre un zócalo de mampostería, el muro sur estuvo levantado con tapial. Ello parece ser que coincidió con una primera entrada, a ras de suelo,ubicada en la esquina suroeste. Posteriormente, en un momento cronológico imposible de precisar, hubo una reconstrucción del alzado murario mediante el empleo esta vez de grandes adobes cuyas medidas -40x30x8 cm.- son, por cierto, bastante parecidas a los documentados en el poblado de La Quéjola. Para entonces la entrada original parece ser que habría sido cegada y el acceso, a través del techo, desde la terraza superior (Alfaro y Broncano 1993, 136).
Creemos oportuno, no obstante, defender un primer acceso pegado a la pared rocosa como único modo de poder explicar el remetido artificial de casi 60 cm. practicado en la pared de la retaza, todavía hoy visible nada más pasar el hipotético umbral del muro. Dicha obra, claramente artificial, permitía una entrada en codo al interior. De igual modo, el revoco externo del muro parece interrumpirse a la altura del vano ratificando, así la existencia de este vano inicial posteriormente cegado y cubierto tras el abandono del poblado (ver fig.2). Paralelamente, tres oquedades rectangulares en lo alto de la pared, a 2,20 m. de altura, nos indican la altura original de la habitación, así como la orientación de su techumbre, longitudinal y no transversal como sería fácil haber supuesto. Esta orientación, pensamos, vendría determinada por la necesidad de evacuar el agua de lluvia fuera de la terraza, y no dentro de la misma, hacia el sur, dado que en ese sector llegó a documentarse en posteriores excavaciones un ambiente dedicado en su totalidad a la molienda y almacenaje de grano (Alfaro y Broncano 1993, 136).
El suelo de la habitación, al igual que en las estancias superiores, apoyaba directamente en la roca virgen, ligeramente desbastada, pero manteniendo una pequeña inclinación hacia el borde de la terraza para favorecer, al igual que la techumbre, la evacuación de las aguas. Consistía en una ligera capa de arcilla rojiza que suavizaba las irregularidades propias de la roca natural (Broncano y Blánquez 1985, 145 y fig.67). Son, como veremos, técnicas constructivas similares a las documentadas en La Quéjola, aun siendo este otro poblado dos siglos más antiguo, y documentadas en otros muchos asentamientos más. Son criterios constructivas sencillos basadas en el máximo aprovechamiento de las posibilidades del entorno inmediato.
La reducida dimensión de este espacio, así como la ingente cantidad de material aparecido (fundamentalmente cerámico) permitió desechar, desde un primer momento, su identificación como vivienda, creyendo más oportuna la hipótesis de una "tienda o almacén de algún alfarero del poblado" (Broncano y Blánquez 1985,147) interpretación que se ha mantenido hasta la actualidad con alguna matización:”...departamento industrial (...) destinado a la venta pública, o bien, ser parte integrante de un posible almacén de ofrendas” (Alfaro y Broncano 1993, 136); “relacionada con la producción cerámica (almacenaje), siendo posible que la citada estructura se corresponda con un área productiva más amplia” (Ruiz y Molinos 1992, 157 y s.). Sin embargo, a la luz de los nuevos datos arqueológicos y, fundamentalmente, tras las excavaciones en el poblado de La Quéjola, creemos oportuno un replanteamiento de su original función, así como una aconsejable relación con el “espacio singular” ubicado en la terraza superior.
1.b.- El espacio singular. La terraza superior.
Iniciada su excavación en 1978 se documentaron tres departamentos (numerados de 1 al 3) de diferente tamaño y, sobre todo, aparente distinta funcionalidad en función de los materiales en ellos aparecidos. El sistema constructivo de las tres estancias era el mismo que el empleado resto del poblado. Como comentaremos más adelante la especificidad de los “espacios singulares” en los poblados ibéricos, a diferencia de sus necrópolis, no debemos identificarla por el empleo de una arquitectura monumental o elementos constructivos específicos, sino a través de la planta del espacio acotado y, sobre todo, por los materiales guardados en los mismos.
Muros, de medio metro de grosor, y zócalos también de medio metro de altura, realizados mediante mampuesto colocado a hueso, son las características constructivas de todo el conjunto “singular” de esta terraza superior. El alzado propiamente dicho se hizo mediante adobes rectangulares conservados, en algunos puntos, hasta una altura de cinco hiladas; caso del departamento nº. 3. Los tres espacios citados se dispusieron paralelos al borde de esta terraza superior, la 20 en altura del cerro, y sus vanos de entrada suponemos darían a la calle que corría delante de ellos, paralela al mismo borde de la terraza. No obstante, a causa de la erosión por el paso del tiempo, no se han conservado.
El departamento nº. 1. de planta rectangular (3,70x4,50) llamó la atención, desde el inicio de su excavación, por la presencia al fondo del espacio de un zócalo de piedra rematado en hiladas. La altura conservada era de 0,40 cm., sin embargo su altura debió ser mayor “por lo menos 130 cm. por encima de las cuatro hiladas conservadas” (Broncano y Blánquez 1985, 35 y fig.6) por lo que hay que presuponer una altura original, mínima, de 1,70 m. a la vez que reduce cualquier otra interpretación de la estructura que no sea la de un muro. Adosado al mismo se documentó también un hogar, rectangular, todavía lleno de abundante ceniza.
En cuanto a sus materiales (ver figs.3 y 4) dejando ahora de lado los 12 “braserillos” o vasos calados, elaborados con arcilla “tipo cocina”, por cierto uno de ellos con soporte trípode, querríamos destacar que aun menos numerosos que en el departamento nº.3 está bien representada la vajilla de mesa. En su práctica totalidad decorada con pintura bícroma e, incluso, algunos platos con pintura blanca. Fundamentalmente se documentaron pateras, platos, vasijas con borde de pico de ánade, algún que otro caliciforme, contenedores también con decoración pintada y, junto a ellos, vasijas tradicionalmente consideradas “de cocina”, muchas de ellas con sus tapaderas.
El departamento nº. 2, también presenta una planta rectangular, si bien mucho más estrecha, con 1,80x5,50 m. Poco se puede decir de esta estancia, ni en lo constructivo, ni en cuanto a potencial funcionalidad. No ha llegado hasta nosotros ningún resto de su potencial entrada, hasta el punto de que “no podemos asegurar que este departamento fuera una ambiente cerrado o, por el contrario, estuviera abierto y al aire libre” (Broncano y Blánquez 1982, 77) tan sólo indicar, por lo que luego defenderemos, su alineación con la favissa de la terraza superior. En cuanto a su utilización, ésta es difícil precisarla dada la escasa presencia de materiales cerámicos.
El departamento nº. 3 tenía una dimensión en torno a 3,70x,5,50, contando una compartimentación interna, al fondo del mismo, utilizado como posible almacén. En el interior de esta última se pudo recoger las bases de varias grandes tinajas apoyadas en la roca del suelo que había sido ligeramente rehundido para facilitar su acomodo. Los materiales cerámicos aparecidos en la estancia mayor son similares a los del departamento nº.1, tanto en tipos (cuencos, platos, vasijas) como en decoraciones (pintadas, algunas de ellas con pigmento blanco) si bien destacaríamos dos cuestiones sobresalientes. Por un lado, la presencia de dos ruedas macizas con llantas de hierro, una de las cuales está actualmente expuesta en el Museo de Albacete (Barrio 1985). Por otro lado, la aparición de ocho pondera, prácticamente completos, así como los restos de otros más que, en conjunto, bien pueden suponer la evidencia material de un telar de pared dentro del departamento. Dada la interpretación de todos estos espacios como “singulares” estos pondera bien podrían apuntar la existencia en este cuarto de potenciales labores relacionadas con la hilatura sagrada, cuestión ésta bien documentada en La Quéjola sobre la que volveremos más adelante.
Paralelamente a los materiales cerámicos también habría que destacar la aparición de dos estructuras, una dentro de la estancia (esquina suroriental) y otra fuera adosada en el mismo ángulo que, desde un principio, acapararon la atención de sus investigadores. Han sido identificados como dos hornos en relación con el proceso de elaboración de cerveza, dado que la temperatura máxima que podrían alcanzar en uso rondaría los 70ºC. (Broncano 1988; Alfaro y Broncano 1993, 135).
1.b.1.-El pozo.
Se descubrió en 1985 a raíz de limpieza de la calle de esta terraza superior. Estaba “situada delante de la fachada de los tres departamentos mencionados” (Broncano 1989, 9) y su boca abría, directamente, sobre la caliza geológica de la terraza, verdadero “suelo de uso” de la calle. Ésta tenía un ancho de 3,5 m. de ancho y, a modo de pasillo externo, corría paralela a las habitaciones antes citadas por el mismo borde de la terraza.
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Habitaciones de la plataforma superior (espacio sacro). En primer lugar la favissa. Archivo fotográfico Laboratorio Virtual de la Cultura Ibérica (U.A.M.). Foto J.C. Mtez. Zafra. |
Justo delante del citado departamento nº.2, adosado al muro, apareció “una hilada de piedras colocadas, de pequeño tamaño, de 150 cm. de longitud” y, junto a la misma, "una pequeña estructura, casi circular (...) con un diámetro de unos 70 cm., mientras que el perímetro exterior es ligeramente rectangular" de metro y medio de lado (Broncano 1989, 13). Desechado, desde el primer momento, la interpretación del mismo como un acceso escalonado a los departamentos su excavador percibió que la cimentación del mismo"no apoyaba sobre otras piedras, sino sobre tierras compactas". La limpieza de todo el entorno permitió entonces definir una oquedad trapezoidal, de 2,60/2x 1,70 ms., y 3,60 m. de profundidad excavado, todo ello, en la roca de la terraza.
Su minuciosa excavación dio como resultado la obtención de un interesantísimo material arqueológico mezclado, todo él, con tierra compactada, adobes quemados y, sobre todo, abundantes carbones, ceniza y maderas en diferente grado de combustión. El suelo original del pozo era la propia roca, artificialmente aplanada, si bien alterada a causa del fuego. Para su excavador todo el relleno presentaba gran uniformidad, hasta el punto de que "muchos fragmentos de vasijas situados por encima, debajo, o entre las citadas capas de piedras, casaban unos con otros". En efecto, tal y como quedó gráficamente expresado en su tabla de la Fig. 36 (Broncano 1989) los materiales arqueológicos se hallaban repartidos por diferentes niveles del pozo "dentro de todos los contextos, es decir, entre los adobes, entre las piedras y en las tierras sueltas, pero sin que su distribución espacial formara acumulaciones o concentraciones significativas" (Broncano 1989, 28). No obstante, aunque ahora no sea fundamental para el tema que tratamos, la constatada dispersión de los fragmentos quizás estén evidenciando un único acto (ritual) de amortización y, no tanto, de su continuado uso a lo largo del tiempo; ello, paralelamente, permite entender mejor la propia ubicación del pozo, en el borde de la terraza, obstaculizando su tránsito.
Una primera característica a destacar del conjunto de materiales aparecidos en la favissa es que, su mayoría, sean objetos de lujo; ahora bien, la defendida diferencia con los aparecidos en el departamento nº.4 no nos parece tan acusada (Broncano 1989, 32). Ello queda patente, sobre todo, a la hora de referimos a los conjuntos cerámicos, tan “de lujo” como los tradicionalmente llamados suntuarios (agujas de coser; punzones, alfileres de bronce; piezas de oro y marfil). Bien es cierto que estos últimos no han aparecido en el almacén (departamento nº.4) pero no olvidemos que éste era exclusivamente de cerámicas. De hecho, si comparamos el “lujo” de los ajuares funerarios con lo aparecido habitualmente en poblados parecería que hablamos de dos mundos distintos. Por todo ello, el nexo de unión que establecen las similitudes cerámicas del departamento nº.4 y las aparecidas en el pozo votivo es del gran importancia. Similitudes, tanto de forma como de contenido: cerámicas de lujo; bicromías; pintura blanca; imitación de formas extrapeninsulares; cerámicas importadas, etc...
Entre la exhaustiva documentación obtenida por su investigador durante el proceso de excavación resaltaríamos otros dos aspectos más también apuntados por él. Por un lado, la presencia de objetos excepcionales, caso de las palomas (askoi) y sacaleches; por otro, el que la práctica totalidad de “objetos no cerámicos encontrados forman parte del mundo femenino” (alfileres de adorno; agujas de coser y punzones; fusayolas de cerámica o madera; pondera; colgantes de concha y cuentas de collar) hasta el punto de llegar a defender la existencia en El Amarejo de un culto local a una divinidad femenina “de la misma índole que Astarté, Afrodita o Tanit, bajo la acepción de tejedora” (Broncano 1989, 241).
Ahora bien, hablar de elementos masculinos o femeninos en función de la presencia de determinados objetos en un contexto material ibérico es, bajo nuestro punto de vista, una cuestión delicada. A tenor del estudio de las cremaciones llevadas a cabo en estos últimos 15 años (Reverte 1996, con bibliografía anterior) pensamos que queda demostrado el que fíbulas, anillos, pulseras, brazaletes, fusayolas y, en algunos casos, hasta posiblemente las armas (Reverte 1986) no son indicativas del sexo de la persona enterrada al haber aparecido, indistintamente, en enterramientos masculinos y femeninos (Blánquez 1990, 389; Idem 1999a y b). Paralelamente, otro aspecto a considerar que redunda en lo anterior es que los adornos corporales aparecidos en la favissa podrían no responder a personas físicas sino a esculturas religiosas, tal y como parece deducirse tras la observación detallada del busto de la dama de Elche (Bendala 1994, 94 y ss.; Idem y Blánquez 1997, 139). Otros elementos, caso de los askoi, tal y como luego comentaremos, si que constituyen elementos más indicativos de un culto en torno a Astarte/Demeter.
Con respecto a los materiales excepcionales comentar cómo, desde un primer momento, la consulta de los materiales cerámicos del depósito votivo, pone de manifiesto la notable variedad formal y de tipos existentes. En efecto, platos, pateras, oinochoes, botellas, ollas, kalathos, cazuelas, toneletes y ánforas son las formas más representadas pero, junto a estas y de manera excepcional, también apareció un ungüentario fusiforme; un cántaro de imitación griega; los citados "sacaleches" y, por último, tres askoi ornitomorfos, uno de ellos con cabeza humana.
Muchas de estas piezas presenten una decoración pintada polícroma, algunas de ellas con pintura blanca, y si bien su excavador lo puso en relación con "la relativa riqueza del resto del ajuar" (Broncano 1989, 207) nosotros, particularmente, pensamos que su presencia aquí está más en relación con la importancia y carácter sacro de los ritos allí celebrados. Funcionalmente ninguna forma es preponderante, pero el rito de la libación parece estar claramente presente a través de ocho oinochoes, numerosas fuentes, platos y grandes contenedores.
Por lo que respecta a la presencia de tres vasos ornitomofos, por cierto, uno de ellos “casualmente” bastante parecido al documentado en el departamento nº.4, tanto en los elementos decorativos pintados como en los incisos y estampillados y, como iconografía, si apuntan, en cambio, la hipótesis de un culto/rito en torno a Astarté, Tánit. Otros askoi han sido documentados en distintos yacimientos ibéricos, si bien siempre dentro de ámbitos sacrales, bien en necrópolis o santuarios, tanto en esculturas en piedra como en exvotos y timiaterios de bronce. Valgan como ejemplos cercanos los aparecidos en las necrópolis de Coimbra del Barranco Ancho (García Cano 1997, 164 y ss.) y Cigarralejo (Cuadrado 1987, 459 y 576, principalmente)o los más esquemáticos de Hoya de Santa Ana y Camino de la Cruz; también en santuarios como La Serreta de Alcoi (Grau 1996, 109; recientemente, VV.AA. 2000, 217) y, por último, en soportes tan variados como la dama de Baza, o la que sujeta la figura femenina del timiaterio de la Quéjola, sobre la que luego volveremos a referirnos (Olmos y Fernández-Miranda 1987)
Pero la citada similitud formal entre el askos del departamento nº.4 (Broncano y Blánquez 1985, 251 y ss.) y el aparecido en el depósito votivo (Broncano 1989, 114) no debemos considerarlo un hecho aislado. Si se compara el resto de la cerámica pintada aparecida en uno y otro observaremos que las similitudes son también numerosas, tantas como para defender que el departamento nº.4 tuvo que ser el principal suministrador de cerámicas para los ritos celebrados en la terraza superior y enterrados, al final de la vida del poblado, dentro de la favissa. No se trataría, por tanto, de un mero almacén (Broncano y Blánquez 1985, 147) de un lugar de venta al público o parte integrante de un almacén de ofrendas (Alfaro y Broncano 1993, 136) sino parte consustancial de un “espacio singular” dispuesto a acaballo en dos terrazas. En este sentido el que este “almacén” del departamento nº.4 haya llegado hasta nosotros en un contexto cerrado y lleno de materiales proporciona el máximo interés su estudio pues las asociaciones formales documentadas han de servirnos, en cierta medida, como espejo de los rituales que se celebrarían en la terraza superior, parte de los cuales quedaron amortizados dentro del pozo votivo.
El material aparecido en los diferentes espacios excavados en el poblado, especialmente el cerámico, ofrece una cronología uniforme, lo cual es importante. Ello queda claramente puesto en evidencia cuando se comparan las formas y decoraciones, tanto de las cerámicas indígenas como importadas, aparecidas en el depósito votivo (Broncano 1989, 208) y las del departamento nº. 4. De ahí el defender, entre otras cuestiones, el uso del pozo ritual hasta el mismo final de la vida del poblado, si no en ese momento concreto. Las cerámicas de importación, en el estado actual de la investigación, siguen siendo los materiales que mayor precisión cronológica proporcionan. Las importaciones más tardías apuntan un final en la vida del poblado a finales del s.III, o muy principios del s.II a.C. (Broncano y Blánquez 1985, 300; Adroher y López marcos, con una revisión general de estos materiales); mientras que las más antiguas que se han podido documentar son de la 10 mitad del s.IV a.C. Corresponden a producciones griegas áticas (las menos) y ya itálicas del taller de pequeñas estampillas y de barniz negro, tipo campaniense (Broncano y Blánquez 1985, 261 y ss.). Para el excavador del pozo votivo al ser las importaciones áticas, junto a las fíbulas de La Tene, los elementos más antiguos el inicio el uso del pozo votivo se habría iniciado ya en s.IV a. C. (Broncano 1989, 33). Sin embargo, existen otras posibilidades a tener en cuenta dado que, no olvidemos, la presencia de elementos puntuales antiguos en un ámbito religioso no tiene que marcar, por fuerza, el inicio de la vida del mismo; en este caso de la favissa. El, comentado al inicio, carácter conservador de toda religión muy bien podría explicar tardías amortizaciones de piezas muy concretas y, en nuestro caso, alguna que otra fíbula y una crátera griega. Así pues, mayor seguridad tenemos con el momento de cierre del depósito coincidente, bajo nuestro punto de vista, con el final del propio poblado ibérico.
Por otro lado, el escaso porcentaje de cerámicas de barniz negro aparecidas dentro de la favissa, que no supera el 0,3%, no debe extrañarnos. Dicho porcentaje coincide, sin ir más lejos, con el documentado en el departamento nº.4 y en otros muchos espacios poblacionales ibéricos del s.III a.C. Paralelamente, conviene no olvidar que su presencia en otros entornos, caso de las necrópolis, si bien es significativa en los siglos V y IV a.C., nunca lo fue en cifras muy elevadas (Blánquez 1999a, 74; Idem 1999b). Su aparente abundancia con anterioridad al brusco cese de las importaciones áticas a mediados del s. IV a.C. se debe, más bien, a una deformación provocada por su constante publicación en detrimento de otros objetos.
Más significativo es para nosotros, aceptada la normalidad de tan bajo porcentaje, lo que ello supone: la no necesidad/escaso protagonismo de este tipo de cerámicas en la materialización de los rituales religiosos ibéricos, al menos en los poblados del sureste meseteño del s. III a.C. pero que, pensamos, posiblemente haya que extenderlo a otros territorios. Ahora bien, en ningún caso su escaso número debe ser argumento como prueba de un teórico aislamiento del sureste meseteño en relación a los circuitos comerciales imperantes en aquel momento, tampoco como rechazo ideológico a este tipo de producción; de hecho, el registro arqueológico evidencia todo lo contrario. Así, en el departamento nº.4 aparecieron varias copas del citado taller de pequeñas estampillas, hecho éste que constituye una temprana y, hoy por hoy, mayor penetración peninsular en la comercialización de estas de estas piezas (Blánquez y Martínez Díaz 1983; Pérez Ballester 1987). Otras cerámicas importadas, de similar cronología, han aparecido dentro del conjunto y, creemos, ratifican nuestras valoraciones. Nos referimos a las denominadas, genéricamente, tipo Kouass (Blánquez 1982; para una visión general véase Niveau 1999; Edem 2000). Ambas producciones son piezas de mesa relacionadas, concretamente, con la bebida.