La importancia de estos trabajos es que dieron a conocer la ocupación durante la protohistoria del Cabezo del Molino del Viento (Garrido y Orta, 1995) hasta entonces desconocida. A partir de aquí se han realizado numerosos trabajos que han proporcionado una visión más certera de las conclusiones obtenidas en aquella ocasión.
Los comienzos de la excavación tuvieron lugar cuando se
habían rebajado más de tres metros de profundidad al nivel de la calle y se habían
instalado los pivotes de sustentación del edificio que se iba a construir. Aún así, los
perfiles mostraban
claramente estratos arqueológicos y quedaba aún espacio amplio y suficiente para
emprender esta campaña de excavación. Se trazaron 19 cuadros de 4 x 4 m. de extensión
sorteando las estructuras realizadas, y se excavó un pequeño corte de 2 x 1 m. para
conocer la profundidad de los niveles que aún quedaban, alcanzándose una potencia de 3
m. hasta el nivel de la marisma (fig. 14).
En el nivel superficial se hallaron restos de edificaciones con mampuestos de pizarra que, según sus excavadores, están indicando un tipo de asentamiento colonial, con un trazado de carácter hipodámico de influencia griega, tanto por la planta cuadrada o rectangular de los edificios, con ángulos rectos perfectos, como por su ejecución y detalles constructivos, así como por la abundante y selecta vajilla griega, que nos indican además su cronología relativa (Ibidem). Pero lo que sigue más adelante merece la pena transcribirlo, para seguir el razonamiento de los excavadores: Los espacios arquitectónicos se adaptan a diversas funciones domésticas e industriales, e incluso nos atreveríamos a decir cultuales. Corresponden a casas de habitaciones cuadradas, con sus hogares, a espacios utilizados para almacenamiento y lugares propiamente industriales destinados a la fundición de minerales, y espacios cuadrados muy amplios, que tanto por sus dimensiones como por su disposición y calidad constructiva e incluso el grosor de los muros podría corresponder a una estructura de tipo religioso, concretamente a su parte posterior y quizás a una calle situada en su ángulo NE (Ibidem). Y más adelante, estos restos arquitectónicos podrían corresponder a una parte de una ciudad de carácter griego que podría acomodarse muy bien a una ciudad llamada Olbia, en la costa atlántica andaluza, situada por diversos autores precisamente en Huelva, y parangonable con otras ciudades antiguas del Mediterráneo occidental, como Mainake o Emporion.
En cuanto al templo, las razones arqueológicas esgrimidas son la existencia de recipientes para perfumes y joyas, copas, caparazones de tortuga que debieron servir para instrumentos musicales, una garra de león y la representación de una diosa de la fecundidad.
La ciudad de Huelva sería una anfictionía con una triple designación: de una parte, Onoba, de raíz indígena, los fenicios que aportaron el topónimo Trt o Trs, con la adición griega del sufijo -ssos (=Tartessos), y el asentamiento más tardío de origen focense denominado Olbia, que la arqueología parece identificar mediante las cerámicas griegas. Los excavadores creen que a comienzos del siglo VI a. de n. e. irrumpen ahora de forma continua y con cierta permanencia, los griegos focenses, con un asentamiento sugestivo y conocido nombre: Olbia. Parece lógico pensar dada la gran cantidad y calidad de cerámicas de origen griego halladas en este sector, que estamos en presencia de un asentamiento griego con cierta entidad y permanencia. Las cerámicas a las que se refieren no son las excavadas más tarde por otro equipo y que ha estudiado P. Cabrera, sino que proceden, en su versión, de restos de arcillas y construcciones depositados en los vertederos de la marisma.
Desde el marco histórico-cultural, los excavadores han distinguido cinco fases: a) la más antigua corresponde a un nivel mesolítico, al que superponen elementos neolíticos, por las piedras de moler halladas, y cerámicas del Bronce Inicial y Medio; b) el segundo horizonte corresponde al Bronce Final, con las primeras importaciones de cerámicas orientales de los siglos (IX?), VIII, mediados del VII, con indicios ya de exploraciones metalúrgicas; c) el tercer horizonte es ya colonial, con estructura urbana que obedece a un plan concreto de fundación, según revela la técnica constructiva de estos primeros edificios conservados que ofrece abundantes cerámicas de importación: grises monocromas, quizás focenses, de barniz rojo, ánforas de saco y cerámicas locales de retícula bruñida en menor cantidad, en el que aparecen cerámicas de importaciones de cerámicas del área griega copas jonias y cerámica ática entre otras; d) a este horizonte se superpone, tras un momento de incendio, abandono y reconstrucción un cuarto horizonte que podría iniciarse hacia mediados del siglo V, con nuevas construcciones de un tipo distinto, más monumentales o mejor conservadas que continúan durante un largo período; e) a él se superpone una fase romana.
Según los excavadores, los trabajos de la calle del Puerto han permitido conocer parcialmente la estratificación de un hábitat que debió tener unas 20 Ha en los inicios del siglo VI a.n.e. y una población aproximada de 5.000 habitantes. El desarrollo urbano y la aparición de la ciudad es consecuencia de la presencia fenicia primero y de la griega más tarde, teniendo su mayor auge en los comienzos del siglo VI a.n.e., y para ello la presencia griega parece desempeñar un papel decisivo, como demuestra el testimonio arqueológico (Ibidem).
Si en la Memoria de excavación publicada se recogen los datos que sustentan la teoría de los excavadores, cualquier lector medianamente informado sobre la protohistoria del mediodía peninsular, se quedará perplejo y no hallará entre las láminas publicadas, que son los datos que deben valorarse a falta de un conocimiento directo, las pruebas en las que se basan sus afirmaciones. Ni las cerámicas prefenicias están presentes, ni tampoco las fenicias del siglo VIII a.n.e. que a lo mejor se publicarán en otro volumen y no son tan abundantes las cerámicas griegas que denoten con claridad la existencia de un barrio griego. La mayoría son de mediados del VII en adelante y del siglo VI a.n.e. Y tampoco resulta nada convincente aunque sí se demuestra imaginación la fundación griega de Olbia.
Entre ambas posiciones, el estudio sistemático de P. Cabrera, que ha dispuesto de más información, y la que ofrecen los excavadores de Puerto 8-10, hay grandes diferencias explicativas y conceptuales, siendo en mi opinión más correcta y objetiva la primera. Las cerámicas griegas son consecuencia de un comercio hacia Huelva y a otras zonas del sur peninsular, sin que se tenga que admitir la existencia de ninguna colonia griega.
Hacia el 540-530 a.n.e., la cerámica griega y el comercio griego foceo prácticamente desaparecen, para reanudarse hacia mediados del siglo V a.n.e. una nueva fase comercial proveniente en este caso de Ampurias, como ha puesto de relieve P. Rufete en su tesis doctoral y Fernández Jurado (1987). Como se ha mostrado en las líneas que anteceden sobre la secuencia turdetana onubense, los precedentes turdetanos no se hallan precisamente en el mundo griego, sino en la época orientalizante. El episodio griego fue esporádico y ocasional que no tuvo mayor trascendencia que la de contactos comerciales más o menos intensos, y la supuesta colonia de Olbia en Huelva, según los argumentos esgrimidos no tienen consistencia alguna, ni en el plano del urbanismo, conocido y empleado desde los comienzos del siglo VII a.n.e. de claros influjos fenicios, ni tampoco las cerámicas constituyen una prueba evidente, como han demostrado P. Cabrera y P. Rufete.