Los problemas cronológicos de los estratos turdetanos de la Itálica prerromana. Turdetanos y romanos


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Las excavaciones realizadas hasta el momento en la ciudad romana de Itálica (Luzón, J.M., 1973) y sobre todo en sus momentos más antiguos, han sido motivo de arduas discusiones sobre la existencia o no de un poblamiento turdetano antes de la fundación de Escipión, en 206 a.n.e., según Apiano (Iber. 38). Sobre ello trataré en este apartado, según las excavaciones realizadas en el Pajar de Artillo y en el Cerro de Los Palacios. En todo caso, estos trabajos tienen el interés de precisar más aquilatadamente la cronología de los primeros momentos, y en todo caso el proceso de romanización y la perduración de los elementos turdetanos en un momento ya romano.

El Pajar de Artillo

El Pajar de Artillo se halla en la parte alta de Santiponce, en el Cerro de San Antonio, y lo constituye una explanada de poco más de 1.500 m. cuadrados, donde no se recuerda que haya habido construcciones que pudieran haber alterado los estratos (Luzón, 1973), al menos los de mayor profundidad, pues los superficiales sufrieron alteraciones en época reciente. La excavación consistió en la apertura de 12 cuadros de 5 x 5 m. cuadrados, una superficie bastante amplia para los sistemas que se seguían en los comienzos de los años setenta.

La excavación comenzó con un planteamiento apriorístico basado en el texto de Apiano (Iber. 38) que situó la fundación de Itálica en el 206 a.n.e., poco después de la batalla de Ilipa, donde Escipión asentó a sus veteranos de guerra. De modo que los estratos más antiguos debían corresponder a esa época, no admitiéndose la posibilidad de la existencia de un poblado turdetano anterior. Tales supuestos han condicionado la cronología de los estratos y su datación, reflejados en las siguientes fases:

- La primera fase corresponde a finales del siglo III a.n.e., hacia el 206, y sobre una capa de cenizas se construyeron las primeras viviendas. Toda la cerámica es turdetana, e igualmente la tipología anfórica.

- La segunda fase se ha datado en la segunda mitad del siglo II a.n.e., asociada a un horno de cerámica (fig. 22). Continúan en esta época las cerámicas turdetanas.

- La tercera fase de ocupación de nuevo se advierten viviendas, con restos constructivos de técnicas romanas –pocas tégulas, pavimentos de opus signinum, ánforas romanas y cerámicas campanienses– que se han datado en el siglo I a.n.e. Aún perduran mayoritariamente las cerámicas turdetanas.

- La última fase es ya claramente romana, recubierta de escombros modernos.

En opinión de uno de sus excavadores –Luzón Nogué– “en esta excavación no contamos con abundantes términos absolutos para fechar el primer nivel, pero la cerámica corresponde a un momento muy tardío dentro del marco de evolución en el mundo ibérico. La fecha de Apiano (Iber. 38) en el 206 a.C. (...) es perfectamente verosímil...” (Ibidem, 11). También señala que antes de la construcción de las primeras viviendas, la colina estuvo ocupada durante poco tiempo, si se tienen en cuenta los niveles de cenizas, restos de comida y unas cuantas cerámicas, e inmediatamente se debió comenzar una gran actividad constructiva, como sugiere la habitación excavada.

La habitación es de grandes proporciones, de planta cuadrada, con muros 45 cm. de anchura. Las paredes asientan sobre un zócalo de piedras que sustentan un muro de tapial, y techumbre posiblemente vegetal, por las improntas y restos de paja y eneas halladas entre los escombros. Pero el problema estriba en el modo técnico de la cubrición de un espacio tan amplio, pues no se hallaron restos de postes en el centro a modo de pilares para sustentar la techumbre. Otra interrogante es la no alineación de los muros de los cuadros E-4 y D-4, y la denominada regata que alcanza hasta el extremo del muro del cuadro E-4, que a lo mejor se trata de una zanja de cimentación con muro de tapial que no se ha advertido en el proceso de la excavación. Las paredes de tapial se blanquearon por dentro y por fuera. El piso es de arcilla pintada de cal. Por el exterior se han hallado restos de hogares, con restos de comida y fragmentos cerámicos. Sobre los restos de los muros de D-5, que poseía cimientos de una anchura de 70 cm., y de los cuadros C-3 y C-4 no se puede decir gran cosa. El problema está en la datación de la vivienda y de las cerámicas, cuya cuantificación es la siguiente:

-Ánforas: 6.848

- Vasos pintados 2.223

- Ollas 1.300

- Platos pintados   532

- Lucernas         45

- Copas             37

- Morteros         56

En suma, más de 11.000 fragmentos, de los cuales más de la mitad corresponden a ánforas, lo que denota un comercio o producción importante. Es muy posible, según estos datos, que la habitación fuese un almacén. Como se dijo, esta primera fase se ha datado en los comienzos del siglo II a.n.e., pero también se han omitido varios fragmentos de cerámicas griegas recogidas en este contexto.

A un momento posterior corresponde el horno del cuadro C-4, que nos ilustra perfectamente todos sus elementos (fig. 22). En él se coció sólo cerámica turdetana. Consta de un praefurnium, de 2,60 m. de diámetro, y laboratorium con piso consistente con perforaciones para el control del calor, sostenido por un pilar central, y piezas de barro y paja en disposición radial que sostenía el piso. Se trata, en efecto de un tipo de horno conocido desde época orientalizante y comienzos de la época turdetana, pero más amplio y elaborado, con los mismos elementos, como los excavados en el Cerro Macareno (Fernández Gómez, Oliva y Chasco, 1979) (fig. 23). El horno produjo cerámicas turdetanas. Y durante este segundo momento se han contabilizado 14.890 fragmentos, con las mismas formas que las anteriores:

- Ánforas: 10.850

- Vasos pintados: 1.748

- Ollas: 691

- Lucernas:177

- Copas: 7

- Morteros: 186

En total, 14.890 fragmentos, que ofrecen formas y decoraciones similares a las anteriores. Se han fechado los materiales en la segunda mitad del siglo II a.n.e.

Horno cerámico del cuadro C-4 del Pajar de Artillo.

En el tercer período de ocupación se hallan claros indicios de romanización, con la introducción de las cerámicas campanienses, y aún perduran los vasos turdetanos. Los restos urbanos se hallaron bastante destruidos. Se ha datado esta fase en la primera mitad del siglo I a.n.e. Y todavía en el último momento, que debe corresponder a este período, se han recogido 5.471 fragmentos:

- Anforas: 2.880

- Vasos pintados: 274

- Ollas: 460

Uno de los excavadores –Luzón Nogué– ha distinguido catorce tipos, y concluye que “la estratigrafía del Pajar de Artillo pone de manifiesto la falta de población en el Cerro de San Antonio antes de la fecha transmitida por Apiano (Iber.38) para la fundación de Itálica. Con ello se descarta por el momento la hipótesis de una ciudad ibérica anterior a la fundación romana, basada hasta ahora con el hallazgo esporádico de cerámica cuya fecha absoluta se desconocía” (Ibidem,  56). Quizás con más de 30.000 fragmentos, en una amplia estratigrafía, se podía haber afinado más en cuanto a la evolución tipológica, en la ampliación del elenco cerámico y desde luego en la cronología, si se tienen en cuenta los fragmentos griegos hallados en los niveles de base, de los que no se hace mención en la Memoria de excavación. Resulta extraño, de otra parte, que durante casi doscientos años, en una época comercialmente dinámica, no haya relaciones comerciales ni productos importados, y se hallen sólo las ánforas típicas. No es ésta la situación en la Bahía gaditana, en donde desde comienzos del siglo II a.n.e., junto a las cerámicas campanienses, se encuentran ánforas procedentes del Mediterráneo central o sur de Italia, como es el caso de unas excavaciones realizadas en la calle Durango de El Puerto de Santa María, de la misma época que propone Luzón Nogué, existiendo un camino expedito a lo largo del Guadalquivir. Y lo mismo puede decirse de otras formas cerámicas romanas.

De otra parte, si la hipótesis sostenida por Luzón Nogué es correcta, resulta interesante la perduración de las mismas cerámicas turdetanas, e incluso las técnicas constructivas, hasta casi época de Augusto. Lo cual denota la importancia y el fuerte arraigo de la cultura turdetana en el Bajo Guadalquivir, que mantuvo muchas de sus características culturales durante la República. No obstante, hubiera sido necesario matizar más en la secuencia estratigráfica y en el estudio de los materiales, que quedan reducidos a unos cuantos tipos, cuando ahora conocemos un repertorio mucho más complejo en otros asentamientos.

La cronología de los primeros habitantes de Itálica no ha sido compartida por los resultados de las excavaciones de Pellicer (Pellicer, Hurtado y La Bandera, 1982) en la denominada Casa de Venus, cerca del teatro romano. Según los excavadores, observan con evidencia “que en el emplazamiento de la vieja Itálica existiría un ‘oppidum’ prerromano a partir de fines del siglo IV a.C., sobre la que se levantaría la ciudad romana, la ciudad de Escipión, a finales del siglo III a.C.” (Ibidem, 18). Una idea que comparto por los propios resultados del Pajar de Artillo.

En el coloquio sobre esta ponencia, Luzón Nogué, insistiendo en su hipótesis, argumenta que en el caso de que los niveles más antiguos fuesen del siglo IV a.C., el establecimiento previo al de Escipión sería de época bárquida y duda de asentamientos fundados en esa época (Ibidem,   27). Es de suponer que no se refiere a Amilcar, Asdrúbal o Aníbal, cuyo impacto en el mundo ibérico abarca desde el 237 y la conquista romana, en la segunda mitad del siglo III y no en el IV a.n.e. Otra cuestión discutible es su afirmación de “que la presencia de material arqueológico anterior a la fecha de fundación mencionada por Apiano se explica, porque al ser la Bética muy helenizada (la negrita es nuestra), tiene una cultura suficientemente fuerte como para no ser desbancada por la romana, por lo cual pervive su propia cultura material” (Ibidem,  27). No entiendo muy bien la helenización de la Bética –cuestión más que dudosa– con su resistencia en no ser romanizada. Lo mismo sucedería con los turdetanos sin helenizar. Mientras que Pellicer se reafirma en el valor intrínseco de los datos, en su insuficiencia y en que sólo nuevas excavaciones podrían despejar el debate.

En base a los datos aportados por las dataciones de las ánforas procedentes del Cerro Macareno (CM), estudiadas por Pellicer (1978), he creído conveniente confrontarlas con las que proceden del Pajar de Artillo (PA) para analizar sus correspondencias y cronologías. Las ánforas del tipo A del PA, del siglo II a.n.e., se hallan en el corte V.20 del CM desde el segundo cuarto del siglo IV hasta mediados del III a.n.e., y algunos bordes se encuentran en los cortes E y F del mismo yacimiento –excavaciones de 1974, sin publicar– en los siglos IV y III a.n.e. Las ánforas de bordes engrosados por el interior y cuerpos más o menos cilíndricos son frecuentes en los estratos del siglo IV en el CDB, asociadas en sus comienzos a importaciones áticas.

Las ánforas de boca estrecha y hombros casi horizontales (tipo B del PA) y de boca ancha y borde vertical (tipo C del PA) son exclusivas de la tercera fase de ocupación del PA. En el CM son frecuentes desde el siglo III a.n.e., y al parecer también en La Tiñosa (Belén y Fernández Miranda, 1978). En el CDB se datan desde comienzos del siglo III a.n.e., en relación con las cerámicas rojas de imitación griega, o del tipo Kuass.

Pese al número de ánforas halladas en el PA, se han publicado muy pocas, y los tipos se han establecido con dibujos poco precisos, sin detalles e idealizados. No obstante, las secciones de los dibujos relacionadas con las fotografías, que es como se han presentado en esta monografía, inducen a situar los comienzos del PA al menos a mediados del siglo IV a.n.e., sugiriendo la existencia de un núcleo de población turdetano anterior a la fundación de Escipión, a finales del siglo III/comienzos del II a.n.e. La tercera fase es probable que corresponda a la llegada de los romanos a la zona.

El presunto templo republicano de Itálica

De época republicana, según parece, pero con materiales absolutamente turdetanos se ha hallado un edificio de planta tripartita que su excavador ha interpretado como el Capitolio de la ciudad de Escipión (Bendala, 1975 y 1982). Consta el edificio de tres cellas de 8,80 m. de profundidad, y una anchura de la central de casi 5 m., y 2,50 las laterales. Paralelo al muro del fondo otro muro más estrecho despeja un pasillo. Los muros poseen 1 m. de anchura, y están construidos con la misma técnica de la habitación a la que antes nos hemos referido, y del mismo modo el suelo.

Planta tripartita del templo republicano de Itálica

Tendríamos, pues, un edificio público de época republicana romana construido con técnicas turdetanas y cerámicas también indígenas. Sobre el pavimento de la cella central se han hallado 1.600 fragmentos de ánforas, vasos grandes, lebrillos, vasos pintados y lucernas, de los mismos tipos del Pajar de Artillo. Mas el problema está en la tipología de las ánforas, variada y de distintas épocas que, comparadas con las del Cerro Macareno proporcionan una amplia tipología desde los siglos IV al II a.n.e., faltando entre tanto material anfórico formas muy características del siglo III a.n.e. En este contexto se ha hallado el asa de una kylix griega, que no sobrepasa el tercer cuarto del siglo IV a.n.e. y una fíbula de pie vuelto, datada generalmente en el siglo V a.n.e. en la Meseta (Argente Oliver, 1994). Las ánforas 1-4 de la figura 25 se han datado con bastante precisión en el siglo IV a.n.e. en el CDB, y lo mismo sucede con otros tipos que no vamos a discutir aquí. Es decir, sobre la cella central del edificio se acumuló un importante material cerámico, que precisa de un estudio metodológico y pormenorizado, entre los que se hallan elementos del siglo IV a.n.e., como también es el caso del Pajar de Artillo, lo que sugiere que no está tan clara la fecha inicial del poblamiento italicense en época de Escipión a partir del 206 a.n.e., según Apiano.

Es todavía un problema la fundación de Itálica en la fecha propuesta por Luzón Nogué, y no hay que rechazar la existencia de un núcleo turdetano del siglo IV a.n.e., de mayor o menor envergadura –las excavaciones futuras ya lo aclararán– previo a la fundación de Escipión. Tal establecimiento turdetano no debió ser excesivamente grande, sino un centro de comercio junto al Guadalquivir, a juzgar por la cantidad de ánforas en tan poco espacio, pues por lo que conocemos por los modelos de la Bahía gaditana, durante los siglos V y IV a.n.e. se han hallado en los estudios de territorio pequeños asentamientos de carácter productivo y comercial, relacionados con la reactivación agropecuaria turdetana en esas fechas. Pero este tema lo abordaremos más adelante. No veo contradicción entre el establecimiento turdetano y la ocupación y fundación de Escipión. Ejemplos de esta naturaleza no son tan extraños ni poco frecuentes, pues el término de fundación ex novo, desde la visión de un historiador de la antigüedad, puede tener un significado muy distinto a la literalidad con que se ha interpretado el texto. Sólo la arqueología tiene la última palabra, con sus datos más objetivos y contundentes.

De todo este problema me resulta más interesante el proceso de adaptación por parte romana de las estructuras indígenas turdetanas, y su perduración durante un largo período de tiempo, que sugiere un proceso de interacción pacífico y nada violento, hasta la época de Augusto. Y este procedimiento y proceso cultural, que no debió ser exclusivo de Itálica, es un modelo que refuerza la idea de una estructuración turdetana consistente cultural, social, económica y política de gran envergadura, que a veces enmascara y dificulta el análisis de los primeros momentos de la presencia romana en el sur peninsular durante la República. El término de colonización, o de dominación, puede sustituirse por el de interacción en los primeros momentos de la presencia romana en el Bajo Guadalquivir.

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