SUMMARY
The Iberian epigraphical corpus, with around 1750 inscriptions, is one of the richests of the ancient Mediterranean area. This paper studies the definition of Iberian epigraphy, the various Iberian scripts, the kinds of texts, and the identification of the users of the texts and of the Iberian speakers. Some thoughts on the future of the studies are appended.
RESUMEN
Desde 1990 (publicación de MLH III) el volumen de la epigrafía ibérica ha pasado de unas 1500 inscripciones a unas 1750. Sobre la base de este material, uno de los más ricos de las epigrafías mediterráneas antiguas, se examina la definición de epigrafía ibérica, los problemas de las diversas escrituras usadas por los íberos, las clases de textos, y la cuestión de quiénes fueron los usuarios de esos textos y de la identidad de los íberos, concluyendo con algunas consideraciones sobre el futuro.
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1. En 1990 se publicó el tercer volumen de los Monumenta Linguarum Hispanicarum de J. Untermann, con lo que la totalidad de la epigrafía ibérica quedaba recogida en el corpus de referencia de las inscripciones paleohispánicas, en vísperas de que en 1993 se cumpliesen los cien años de los Monumenta Linguae Ibericae de E. Hübner, la primera recopilación científica de esa clase de textos. Dejando aparte las leyendas monetales (ciento ochenta y ocho cecas) y las inscripciones falsas o sospechosas, el corpus de Hübner contenía setenta y seis textos correspondientes a las distintas provincias epigráficas de la Hispania antigua 1. En la actualidad las inscripciones paleohispánicas publicadas son unas dos mil, de las que más de mil setecientas cincuenta son ibéricas en sentido estricto, es decir están escritas en lengua ibérica con independencia del tipo de escritura utilizada. En concreto el corpus de Untermann incluye mil cuatrocientas inscripciones en lengua y escritura ibérica, cincuenta y cuatro cecas con leyendas de ese mismo tipo a las que tal vez habría que añadir algunas cecas del valle del Ebro, veinticuatro inscripciones greco-ibéricas, veintinueve inscripciones en lengua ibérica y escritura meridional a las que tal vez habría que sumar algunas otras en el mismo tipo de escritura de ascripción lingüística indeterminada, ocho cecas con leyenda meridional, y tres inscripciones ibéricas en escritura latina 2. A estos materiales hay que añadir los publicados con posterioridad a la fecha de las distintas entregas del corpus citado, es decir leyendas monetales conocidas con posterioridad a 1975, inscripciones del Sur de Francia posteriores a 1980, e inscripciones hispánicas posteriores a 1990, lo que implica un volumen de algo más de mil quinientas inscripciones recogidas en corpus y algo más de mil setecientas cincuenta en total 3. Estrechamente relacionado con el corpus epigráfico ibérico está el de las inscripciones en otras lenguas, básicamente latín aunque el tercer bronce de Botorrita deja ver insospechadas posibilidades en el ámbito celtibérico, en que se contiene léxico ibérico, por ahora exclusivamente NNP (nombres de persona).
Para hacerse una idea de la importancia cuantitativa de la epigrafía ibérica basta pensar que de acuerdo con los corpora disponibles los textos oscos no llegan a los cuatrocientos más un pequeño número de leyendas monetales 4. Posiblemente la epigrafía ibérica es, tras la etrusca, la más rica de las periféricas del mundo clásico, entre las que se incluyen corpora tan significativos como el frigio, cario, licio, mesapio, véneto o galo.
2. Sin embargo conocemos muy mal los textos ibéricos, y no es probable que en un futuro próximo nuestro conocimiento progrese de forma espectacular, entre otras razones porque sin comprender la lengua y no hay motivo de momento para esperar grandes progresos por ese lado nuestro conocimiento será siempre limitado, y porque acabamos de asistir a un período de continuados descubrimientos de textos y, en relación con ellos, pequeños avances sumados en el estudio externo, material y combinatorio, que tal vez hayan casi agotado los descubrimientos que estaban a nuestro alcance con la simple aplicación de un método correcto. De hecho, desde 1922 en que se produjo el único salto adelante verdaderamente trascendental en el estudio del ibérico, el desciframiento de la escritura por obra de D. Manuel Gómez Moreno, ha sido sólo en los últimos años, con antecedentes en la obra de Schmoll, pero sobre todo a partir de trabajos como los de Michelena de 1976 o Untermann de 1969, cuando realmente se ha producido un progreso real, coronado por la publicación del corpus de Untermann.
En ese sentido puede ser éste un buen momento para hacer un balance de lo que sabemos de la epigrafía ibérica y lo que podemos esperar del futuro inmediato, pero también es un momento en el que resulta difícil situarse en una perspectiva adecuada, entre otras cosas porque a pesar de esos progresos el ibérico sigue siendo para nosotros un envoltorio cerrado e incluso sellado, hasta el punto de que lo que creemos saber con certeza tal vez resulte finalmente un mero espejismo.
Dado el contexto en el que se sitúa este trabajo no voy a referirme a problemas estrictamente lingüísticos, aunque creo que el análisis tipológico de la lengua empieza a ser una posibilidad, y que es éste uno de los terrenos en que podemos esperar ciertas modestas novedades en los años próximos. Me limito a subrayar que, a no ser que se produzca el descubrimiento de uno o varios bilingües particularmente informativos, la lengua ibérica seguirá siendo incomprensible porque toda lengua lo es si no se posee información semántica sobre ella, y puesto que la relación entre el sentido y las formas que nos son accesibles es por su propia naturaleza arbitraria, no hay modo de acceder a esa información semántica desde fuera. Descifrada la escritura, ningún hipotético desciframiento de los textos puede ser tomado en consideración si no empieza por demostrar que poseíamos ya algún conocimiento de la semántica ibérica, previsiblemente porque se tratase de una lengua con parientes suficientemente próximos conocidos, pero eso es algo que a estas alturas podemos por desgracia excluir.
3. Dejada de lado esa cuestión me voy a centrar en los problemas de la escritura, en las clases de textos ibéricos y sus características, y en la cuestión de los usuarios de esos textos. Pero antes de abordar esas cuestiones convendrá decir algo más preciso de lo ya adelantado sobre la definición de la epigrafía ibérica.
En principio tenemos un criterio preciso; una inscripción es ibérica si está escrita en lengua ibérica. En la práctica la cuestión puede ser bastante problemática debido a nuestro mínimo conocimiento de la lengua ibérica y a la brevedad o carácter fragmentario de muchas inscripciones. Por ello es inevitable que en ciertos casos consideremos ibérica una inscripción por razones puramente externas o contextuales, como el tipo de escritura o el lugar de hallazgo. Así ocurre con todas las inscripciones halladas en el interior del territorio epigráficamente ibérico, es decir donde hasta la fecha no ha aparecido ninguna inscripción prerromana claramente no ibérica, pero existen algunas zonas en los bordes de ese territorio donde surgen problemas de identificación, en especial en el valle del Ebro y en la Alta Andalucía.
Por otra parte conviene señalar desde ahora que la utilización del término "ibérica" para referirse a esta lengua es puramente convencional, basado en un uso poco crítico pero ampliamente extendido y que no tendría sentido intentar modificar ahora, máxime no existiendo otro término más justificado con que sustituirlo. No debe sin embargo dársele un valor injustificadamente preciso; tal como la utilizo la expresión "lengua ibérica" debe entenderse como "lengua utilizada en las inscripciones que aparecen en el territorio de la cultura arqueológica denominada ibérica", sin que ello implique en absoluto un contenido étnico preciso. Más adelante volveré sobre la cuestión.
4. Entrando ya en el problema de las escrituras ibéricas, dos de ellas no plantean problemas de lectura o los plantean en escasa medida, la greco-ibérica y la ibérica levantina. La primera, como es bien sabido, resulta de la simple utilización del alfabeto jonio para escribir ibérico, para lo cual bastó con la eliminación de algunos signos innecesarios y la distinción por medio de un diacrítico de dos tipos de vibrante. Así quedó claro ya en los trabajos de Gómez-Moreno, y en fechas recientes la investigación sólo ha podido matizar algunas cuestiones como el valor de esa distinción de vibrantes, la posible existencia de recursos para notar el equivalente del signo levantino no descifrado sobre el que en seguida volveremos, y la fecha de origen y abandono de este alfabeto.
La escritura ibérica levantina es la mejor atestiguada y mejor conocida de un grupo particular de escrituras a las que llamamos paleohispánicas porque han nacido y se han desarrollado en la Península Ibérica, aunque también se utilizaron en el Sur de Francia y hay algún ejemplo en otros puntos del Mediterráneo, llevado sin duda por gentes hispánicas. Característica común a todo el grupo, consecuencia de su origen común, es su carácter mixto, en parte silábico en parte alfabético. Las tres escrituras identificadas con claridad hasta la fecha son la del S.O., en la que no se escribió ibérico, y la meridional y la ibérica levantina.
El desciframiento de la escritura levantina quedó zanjado por Gómez-Moreno, como ya hemos visto, en 1922. Sólo hubo un signo, el de forma similar a la Y, cuyo valor quedase entonces sin determinar, y a pesar de varios estudios recientes sigue estándolo aún. Tan sólo sabemos con seguridad que representa un fonema o fonemas entre cuyos rasgos está el de nasalidad, y curiosamente el progreso en el análisis de este signo ha llevado a relativizar la solución dada por Gómez-Moreno para los signos que transcribimos como m y n, especialmente el primero de ellos ya que parece claro que la valoración de todos los signos que representan nasales es solidaria, y que existen problemas cronológicos y geográficos en el uso de los tres signos en cuestión que todavía resultan obscuros. Por lo demás el único progreso reciente sobre los signos levantinos ha sido la comprobación de que en una provincia epigráfica especial, que se extiende desde el norte de Castellón hasta los límites septentrionales de la epigrafía ibérica se introdujo en un momento todavía no determinado una innovación por la que muchos signos silábicos se diferenciaron en dos variantes para poder expresar las diferencias entre oclusivas sordas y sonoras que la escritura ibérica standard no diferenciaba.
El problema fundamental que en estos momentos plantea la escritura levantina es en realidad un problema que la transciende ampliamente; se trata del de su origen, que no puede ser separado del de las restantes escrituras de la familia paleohispánica, por lo que conviene ocuparse antes de la escritura meridional.
A diferencia de la escritura levantina el desciframiento de la escritura meridional es todavía muy precario. Existe un nucleo de valores seguros, en parte ya indicados por Gómez-Moreno y otros autores, pero cuya fundamentación sistemática se inicia en realidad en los trabajos de Schmoll de 1961 a 1963. El problema estriba en que la única forma de comprobar si los signos meridionales tienen el mismo valor que los levantinos cuando coinciden en forma con ellos, o de determinarlo cuando se trata de formas exclusivamente meridionales consiste en aislar secuencias ibéricas en inscripciones meridionales lo suficientemente complejas como para que la coincidencia pueda ser tomada en serio, y en comprobar los valores a los que se llega así para los signos individuales en un número alto de casos independientes. Dadas las ambigüedades de las escrituras paleohispánicas, las limitaciones de la lengua en la formación de sílabas, y el papel que parecen jugar en ella elementos monosilábicos que se combinan con cierta libertad, es normal que se produzcan aparentes coincidencias insuficientemente probatorias, máxime al ser todavía relativamente escaso el número de las inscripciones meridionales, de las que no todas son probablemente ibéricas. Conviene por ello reforzar las propuestas a las que se llega por el método descrito, cuando implican discrepancias entre los valores levantinos y meridionales, con una hipótesis razonable sobre cómo se ha podido producir la discrepancia, aunque es preciso reconocer que en el caso del signo en forma de flecha, u en levantino y con seguridad bi en meridional, no se ve por el momento ninguna justificación convincente de su no coincidencia.
Estas dificultades explican las discrepancias a veces significativas entre las propuestas de distintos autores, al margen de la pervivencia injustificada de viejas atribuciones. El problema es especialmente grave porque algunos de los valores utilizados en las transcripciones de MLH deben ser considerados simples hipótesis de trabajo, aún no demostradas, de la misma forma que lo son varias de las que yo utilizo habitualmente en mis publicaciones, pero el lector no consciente del estado real de la cuestión puede creer que las transcripciones en nuestro corpus de referencia no son meras posibilidades sino datos de hecho.
En cuanto al problema del origen de la escritura meridional, al igual que el de la levantina debe ser tratado en el marco más amplio del origen y evolución del conjunto de las escrituras paleohispánicas, lo que supera ampliamente los límites de la cuestión ibérica. Se trata de un tema polémico, al que he dedicado varios trabajos recientes, y no me repetiré aquí. Sí subrayaré la idea, a veces discutida, de que el origen de las escrituras paleohispánicas se sitúa en el área tartésica, y de que los íberos habrían recibido la escritura, por supuesto con la excepción del alfabeto greco-ibérico, no directamente de un modelo oriental sino ya de otro pueblo hispano. En el caso de los íberos, el problema fundamental, que sigue sin resolverse, es el de por qué adoptaron la escritura paleohispánica en dos formas distintas, máxime cuando por razones geográficas es de suponer que en ambos casos la fuente haya sido la misma.
5. De las clases de textos ibéricos contamos con una buena presentación en el volumen III.1 de MLH, y yo mismo he tratado el tema distinguiendo la situación antes y tras la llegada de los romanos en un trabajo reciente. Los descubrimientos se están produciendo sin embargo con tal rapidez que ante todo hay que empezar por referirse a algunas categorías de texto no representadas, o mínimamente representadas en MLH. Las únicas inscripciones rupestre en MLH eran D.8.1 y D.3.1, es decir la del abrigo de Cogul, de antiguo conocida, y la de Roda de Ter descubierta más recientemente y cuyo estado apenas si permite una lectura parcial fiable. Ambas responden al tipo de inscripción en abrigo, que enlaza culturalmente con las pinturas de caracter religioso en ese tipo de yacimientos, y que está representado en la actualidad por cinco nuevos testimonios, uno de ellos, el de Ares del Maestre CS, inscripción levantina pintada muy probable, de lectura dudosa para la que, junto a las alternativas ya propuestas, se podría sugerir laker, los cuatro restantes grabados, tres de ellos en escritura levantina Siete Aguas V, Villar del Arzobispo V y Hellín AB, el último, en el abrigo de Reiná AB, meridional.
Próximas a las inscripciones en abrigo, pero con características en parte diferentes, son las inscripciones rupestres en zonas elevadas y sin indicio de habitación o de fecuentación religiosa o de otro tipo, limitadas por ahora a la región pirenaica de Cerdaña. MLH III no recoge aún ninguna inscripción de esta clase, aunque ya se habían publicado o al menos dado a conocer dos, pero desde entonces Capmajó y Untermann han publicado un total de veintitrés.
Otras novedades relativas a tipos de inscripción no son cuantitativamente tan significativas, pero sí importantes por otros motivos. Las inscripciones musivarias están representadas en MLH por dos testimonios, en escritura latina uno G.12.4, levantina el otro E.7.1. La nueva inscripción de Andelos, en escritura ibérica y de características muy próximas, no sólo en aspectos técnicos y estilísticos musivarios sino también lingüísticos, a E.7.1, demuestra que es éste un terreno en el que podemos esperar sorpresas significativas, máxime tratándose de textos en principio de fecha romana que pueden recibir luz de sus modelos itálicos. Por otro lado contamos ahora con la primera inscripción ibérica sobre arma, la de una falcata de procedencia dudosa aunque ha sido atribuida a Sagunto, mientras que debemos desechar la supuesta inscripción paleohispánica sobre un casco de Pozo Moro a la que algunos autores, yo entre ellos, habían hecho referencias en la bibliografía, ya que según creo se trata de una inscripción latina.
Los restantes tipos de inscripción ibérica eran ya bien conocidos con anterioridad a la publicación de MLH III. Se trata, con la excepción de los plomos, de tipos habituales en otras culturas epigráficas y no merece la pena detenerse demasiado en ellos en este lugar. Baste señalar que los grafitos cerámicos, aparte la importante información sobre la onomástica ibérica y de algunos datos de interés sobre la morfología de la lengua que ya han proporcionado, pueden en el futuro, si se llega a combinar adecuadamente el estudio epigráfico con el arqueológico, contribuir al avance decisivo de dos campos muy diversos. Por una parte pueden permitir precisiones que hoy día apenas existen sobre la evolución paleográfica de las escrituras ibéricas, lo que tendría extraordinaria importancia para datar los plomos aparecidos fuera de contexto, ya que, incluso dentro siempre de los límites modestos de la cronología paleográfica, poder situar un plomo en el siglo III o en el I a.C. sería un avance espectacular. Piénsese que los grafitos de un conjunto tan rico como el de Ensérune dependen todavía del estudio realizado por su excavador en los años cincuenta, aunque publicaciones posteriores permiten afirmar que sería posible corregir o precisar muchas dataciones.
Otra cuestión que exigiría un estudio arqueológico, que en este caso tendría desde luego más peso que el enfoque puramente filológico, es el de la relación de las inscripciones, incluyendo en este caso letras sueltas y simples marcas, con los vasosu otros objetos funcionalmente próximos a éstos desde el punto de vista de la fabricación y distribución. La necesidad de este enfoque es obvia en el caso de los grafitos, dipintos e improntas sobre dolia y ánforas, y un hallazgo todavía no recogido en MLH, el conjunto de dipintos anfóricos de Vieille-Toulouse, la pone particularmente de relieve. Pero cabe la posibilidad mera posibilidad de momento, necesitada de comprobación, a juzgar por lo que desde hace tiempo sabíamos del mundo griego y lo que vamos sabiendo del púnico, de que haya grafitos ibéricos relacionados no con el poseedor de la cerámica sino con el distribuidor, lo que puede ser importante en relación con los estudios sobre las cerámicas de importanción en Hispania, e incluso, dado que aunque menos numerosos también hay grafitos ibéricos sobre cerámicas locales, con el estudio de la distribución de éstas o con los recientes trabajos sobre alfares ibéricos y su área de irradiación.
En cuanto a la epigrafía sepulcral, J. Untermann ha sistematizado recientemente al margen de y complementariamente a su exposición en MLH lo que nos enseña sobre la lengua. El problema estriba en que el margen de variación, a pesar de ciertas recurrencias, es demasiado acusado como para que el mal llamado método de los casi bilingües permita precisar las funciones de los distintos elementos reiterados. Es de esperar que nuevos hallazgos permitan avanzar en esa dirección, a la vez que aclaren el confuso problema de la aparición y cronología del tipo en la cultura ibérica. Esta última cuestión está estrechamente relacionada con la de las relaciones generales de la epigrafía ibérica con la latina, en la que según algunos autores estarían los modelos de las lápidas sepulcrales ibéricas, y que afecta también a otros tipos de epigrafía lapidaria más o menos monumental.
Otro importante grupo epigráfico es el de las leyendas monetales, recogidas de modo ejemplar en el primer volumen de MLH, y que desde entonces, con la excepción de las dracmas de imitación, no ha experimentado apenas crecimiento. En todo caso, puesto que otra ponencia se ocupa de la moneda ibérica, no insistiré en el tema.
Pero sin duda el tipo epigráfico más característicamente ibérico, y a la vez el más interesante, es la lámina de plomo inscrita. Se trata de una variedad de epígrafe puro, es decir en la que el soporte no tiene otra función que la de ser soporte de escritura, de la misma forma que ocurre con papiros, tablillas de madera, pieles tratadas, es decir cueros o pergaminos, y óstraca en el momento de su reutilización epigráfica, pero a diferencia de casi todos esos soportes se trata de un material duradero, aunque en contrapartida fácilmente reutilizable, cuyo uso en el mundo antiguo, al margen de las consabidas defixiones, empezamos a conocer mejor en los últimos años. Los primeros testimonios del uso de plomo como soporte documental los tenemos en el mundo neohitita, pero hasta la fecha no hay datos fenicios, en espera de la publicación de una tablilla de Los Villares citada por Untermann. En el mundo griego por el contrario los hallazgos se han multiplicado recientemente y muestran una relativa variedad de contenidos, cartas de negocios, contratos, memoranda de operaciones comerciales, listados de NNP, a la vez que han aparecido algunos testimonios sueltos de plomos no imprecatorios en otras epigafías como la galo-griega o la etrusca. Es notable sin embargo que a pesar de que los plomos griegos, de acuerdo con la propia extensión de la epigrafía griega, aparezcan en un espacio geográfico extraordinariamente amplio, que va desde Ampurias hasta Olbia del Mar Negro, su número no es en absoluto tan superior al de los plomos ibéricos como sería de esperar.
Los plomos ibéricos conocidos hasta la fecha son unos setenta, y en ellos están representadas las tres escrituras utilizadas por los íberos. Es más el primer testimonio directo de la lengua ibérica que poseemos, y del que nos ocuparemos más adelante, está precisamente en una tablilla de plomo, aunque en éste caso se trate de un plomo jonio de comienzos del siglo V. Ya en la actualidad, a pesar de que somos incapaces de entenderlos, los plomos ibéricos tienen un enorme interés por lo que su aspecto exterior y la comparación con los griegos permite deducir de su contenido, ya que en ciertos casos se trata sin duda de documentos económicos o de cartas privadas, y en muchos otros se puede presumir similares funciones. Por lo demás el interés mayor es el lingüístico, porque se trata de textos a veces relativamente largos, desde luego de longitud media muy superior a la de cualquier otra clase de epígrafes ibéricos, no reducidos a simples menciones de NNP, aunque éstos no falten en ellos, y menos reiterativos que las lápidas sepulcrales. Son por lo tanto los únicos textos ibéricos que permiten un análisis combinatorio de cierta profundidad, y en consecuencia la segmentación de elementos gramaticales y la elaboración de hipótesis tipológicas sobre la lengua ibérica, lo que puede repercutir en progresos significativos tan pronto como un bilingüe desvela algunas incógnitas semánticas.
6. La cuestión de los usuarios de la epigrafía ibérica es la que nos lleva de manera más directa al núcleo histórico del tema. ¿Quiénes, en dónde, por qué motivos? Son éstas las preguntas que nos obligan a situar la epigrafía en el proceso histórico de la cultura ibérica y utilizarla para iluminar ésta en espera de que hallazgos afortunados nos permitan empezar a comprender los textos, y por lo tanto dar un salto cualitativo en nuestro entendimiento del mundo ibérico.
Son sin embargo preguntas de difícil respuesta, y aunque en cierto modo constituyen una única pregunta dada la estrecha relación que existe entre ellas, incluyen cuestiones tan complejas que puede ser conveniente dividirlas en interrogaciones menores. La pregunta por el quién, por ejemplo, puede tener un enfoque étnico o social; ¿qué pueblo o pueblos hablaba ibérico y qué pueblo o pueblos conocía y usaba como lengua escrita la lengua ibérica? ¿Qué estamentos de esa población eran los que realmente leían y escribían?.
La primera cuestión se confunde en parte con la relativa al espacio epigráfico ibérico, a la que ya nos hemos referido al intentar definir la epigrafía ibérica. Un mapa de isoglosas ibéricas (de Hoz : 1993 :"La lengua", 645), es decir de rasgos lingüísticos característicos de la lengua ibérica, que aunque está incluido en el de lugares donde ha aparecido "epigrafía ibérica" en el sentido arriba mencionado no siempre se confunde con éste, alcanza por el norte, con su punto extremo en Ensérune (B.1), más o menos el mismo límite que la cultura material ibérica, aunque ésta última ofrezca una frontera menos neta que la marcada por las inscripciones. Hay que tener en cuenta sin embargo que las inscripciones ibéricas del sur de Francia muestran numerosos rasgos lingüísticos no ibéricos, que demuestran la presencia en la zona de gentes que hablaban otras lenguas.
Hacia el oeste la situación se presenta en términos variables según las zonas. En el sur de Francia y en la zona pirenaica española y sus aledaños falta información lingüística en cuanto nos alejamos de la costa, ya que no hay epigrafía prerromana si no es el grupo rupestre cerdano que tiene aspecto claramente ibérico pero en el que hoy por hoy no se pueden aislar isoglosas bien definidas, y las inscripciones latinas sólo permiten observar rasgos prerromanos, en este caso claramente vascoides, a partir del meridiano del valle de Arán.
Al oeste de la cuenca del Cinca, y en la rivera izquierda del Ebro desde Zaragoza, las escasas inscripciones, con alguna excepción como la ya citada de Andelos, no presentan características lingüísticas claras, y aunque no faltan NNP ibéricos en la epigrafía latina están mezclados con otros de tipo vascoide o indoeuropeos. Al sur del Ebro tenemos una frontera clara que podemos convencionalmente situar en el río Huerva entre inscripciones en lengua ibérica e inscripciones en lengua celtibérica, es decir una lengua céltica sin ninguna relación con la ibérica.
Al sur de la desembocadura del Ebro, la epigrafía, y con ella las isoglosas ibéricas, vuelve a ceñirse a la costa y a una estrecha franja interior en cierta medida definida por la línea de montaña, lo que explica su mayor profundidad en las cuencas del Turia y el Segura y sobre todo del Júcar, en la que la penetración interior alcanza la zona de Abenjibre y El Salobral, sin que realmente estemos en condiciones de decir nada sobe la situación lingüística más al oeste.
Últimamente se ha propuesto identificar una inscripción ibérica en las Baleares, en Pollentia, pero creo que se trata más bien de un grafito latino.
Por último, y dejando un par de piezas indudablemente errantes y por lo tanto no significativas, nos quedan los grupos epigráficos de la Alta Andalucía y de Almeria, en los que encontramos algunas isoglosas ibéricas típicas.
7. Si contrastamos este mapa con el de las etnias prerromanas nos tropezamos con dificultades evidentes. Pero antes de afrontar esa cuestión conviene deshacer un posible equívoco previo; es habitual contar con la existencia de un pueblo ibérico, al margen de la mayor o menor importancia que se dé a sus posibles subdivisiones internas, que hablaba una lengua unitaria, el ibérico, cuyos testimonios permiten detectar la presencia de gentes pertenecientes a ese pueblo. En realidad las bases de esta idea son más bien débiles. Tenemos de un lado el concepto de Iberia e íberos tal como lo encontramos en las fuentes, concepto que varió a lo largo de la historia y cuyas vicisitudes creo que no entendemos todavía muy bien, sobre todo porque nuestra información sobre las fases más antiguas es insuficiente, y sobre el siglo IV prácticamente no existe. Es claro que el concepto amplio, Iberia = Hispania, es tardío, que esa ampliación ha pasado por fases de las que la más visible es la que se refiere al conjunto de la costa mediterránea desde el Estrecho hasta el Ródano o hasta los Pirineos, y que en algunos momentos la noción básica ha sido geográfica más que etnológica. Pero se nos escapan cuestiones fundamentales, por ejemplo si la primera noción fue la de un pueblo concreto dentro de los límites de la posterior región mediterránea del que derivó un nombre geográfico, o si por el contrario se partió de un concepto geográfico, lo que permitió utilizar el término "íberos" para referirse a las gentes de esa zona con independencia de que perteneciesen a una o varias etnias. En todo caso la referencia a los habitantes de la zona mediterránea en las fuentes como "íberos", a la que en realidad no habría que dar valor étnico, unida a la presencia de una cultura material cuyos rasgos más llamativos, o al menos los que en principio llamaron más la atención, se extendía por una amplia zona, y la presencia en ella de inscripciones que en origen se consideraron testimonios de una misma lengua, llevó a conceptos maximalistas de pueblo ibérico que incluían a todas las gentes meridionales y levantinas de la Península, o como mucho excluían a los herederos de la tradición tartesia. En realidad de esos argumentos el único que podría tener un valor para defender la unidad étnica de todos los supuestos íberos es el de la lengua, que como veremos en seguida no es tan decisivo.
8. Si en vez de ese concepto global de íberos, de dudosa utilidad étnica, utilizamos las denominaciones específicas que las fuentes antiguas nos han dado para los diversos pueblos que participan de la cultura material ibérica, tropezamos con multitud de problemas de límites y cronológicos que no es posible afrontar en este lugar; me limitaré por ello a los aspectos menos problemáticos y teniendo en cuenta en cada caso la situación de la epigrafía ibérica antes de la llegada de los romanos y en los dos últimos siglos previos al cambio de era.
Con anterioridad a la llegada de los romanos existe una cierta densidad epigráfica en el territorio ibérico del sur de Francia, en el entorno de Ampurias, y en las zonas que posteriormente serán conocidas como Layetania y Contestania. Los hallazgos edetanos y en la Alta Andalucía son escasos y desde un punto de vista etnológico es difícil valorar los que aparecen en la periferia del núcleo contestano seguro, ya que la cuestión de los límites entre bastetanos y contestanos no está resuelta y por lo tanto no sabemos si esos epígrafes indican un uso restringido de la escritura entre los bastetanos o se suman a los restantes testimonios contestanos.
El mapa de época romana presenta una considerable expansión del área de la escritura ibérica, con regiones que se incorporan ahora por primera vez, sobre todo en el valle del Ebro, y tal vez un cierto retroceso del uso de la escritura en Contestania y en el entorno ampuritano, mientras que Layetania sigue presentando un panorama muy rico, y Edetania ha crecido considerablemente.
Por supuesto los datos brutos de estos mapas necesitan matizaciones. En primer lugar hay que tener en cuenta que la exploración arqueológica no ha sido uniforme en todo el territorio que consideramos, y que hay un número muy considerable de inscripciones no fechables en absoluto, que por lo tanto tendrían que engrosar uno u otro de ambos mapas. Un mejor conocimiento de los yacimientos y de los materiales con epígrafes podría modificar algo la imagen que tenemos en este momento; Edetania por ejemplo podría haber conocido una mayor densidad epigráfica en la primera época y la situación en Andalucía en general resulta sospechosa. Pero en cualquier caso no creo muy probable que los hallazgos futuros den un vuelco a nuestra imagen actual.
Más importante es tener en cuenta no sólo el número de hallazgos sino la clase. Es significativo por ejemplo que en Layetania prácticamente no tengamos plomos, tan sólo el de Penya del Moro (C.17.1), mientras que éstos son frecuentes en las otras regiones epigráficamente significativas, incluida la Edetania; los óstraca, que por su función deben ser agrupados con los plomos, aunque menos numerosos confirman esa distribución. Por el contrario la epigrafía sepulcral se da escasamente en el entorno ampuritano y en Layetania, y se concentra en el sur de Edetania, en Sagunto y sus proximidades, y al sur de la desembocadura del Ebro, de donde parece penetrar hacia el curso bajo del Guadalope y la confluencia de Cinca y Segre, es decir en territorio de ilercaones e ilergetes.
Provisionalmente la evolución que a mi modo de ver sugieren estos datos es la siguiente. En fecha temprana la escritura juega un papel significativo lo cual no quiere decir por supuesto que los documentos escritos fuesen muy abundantes, ni las personas alfabetizadas, numerosas en el sur de Francia y el Ampurdán, que eran zonas integradas en un mismo circuito económico, y en Contestania. Layetania plantea un problema aún por resolver; indudablemente se trata de una zona rica, con posibilidades agrícolas reflejadas en la abundancia de silos, que puede haber mantenido relaciones estrechas con el ámbito ampuritano, lo que explicaría una cierta familiaridad con la escritura y a la vez escasa presencia de los documentos en que se refleja directamente el dinamismo de la vida económica.
Con la llegada de los romanos se produce un movimiento en cierto modo contradictorio, la tendencia a una mayor difusión de la escritura, que ya venía de antes, se acelera y da lugar a un mayor número de textos ibéricos y a su presencia en zonas donde previamente no existían, a la vez que los grupos que se encontraban más próximos, o hasta cierto punto integrados en la koiné cultural helenística, empiezan a latinizarse, y por lo tanto a reducir su producción escrita en ibérico. Se difunden a la vez hábitos sociales nuevos, como la lápida sepulcral, que alcanzan mayor o menor éxito no sólo en función de las influencias extrañas sino también de tradiciones sociales propias que apenas si podemos todavía entrever.
9. Aparentemente la pregunta por el dónde se utilizaba la epigrafía ibérica ha quedado respondida con lo dicho, pero en realidad también es ésta una pregunta compleja que admite distintos enfoques, y hasta ahora sólo nos hemos referido al de los límites globales del espacio epigráfico ibérico. Tan importante o más es la caracterización de los lugares en que se utilizaba la epigrafía y del volumen de utilización en diferentes tipos de lugar, lo que a su vez no puede ser separado del segundo aspecto de la primera pregunta, es decir de la caracterización social de esos usuarios. Con respecto a los lugares de uso hay sin embargo un problema que hace difícil el sacar conclusiones, y es que son raros los yacimientos excavados en suficiente extensión como para poder afirmar que la presencia o ausencia de epigrafía ibérica en ellos sea significativa; en lógica correlación muchos de los epígrafes que poseemos son hallazgos casuales que no nos dicen nada sobre la densidad de escritura en su lugar de origen. Con esta salvedad en mente podemos hacer algunas observaciones muy parciales; por ejemplo parece claro que las gentes de El Cigarralejo (G.13) no debían poseer mucha cerámica marcada con el nombre de su propietario, a no ser, lo que es sumamente improbable, que cuidadosamente seleccionasen para los ajuares funerarios piezas ágrafas. Por el contrario parece que en la Isleta del Campello (G.9) la tendencia a marcar los vasos con breves inscripciones era extremadamente popular, por supuesto en los términos relativos en que podemos considerar extremado un hábito que en cualquier caso resultaba minoritario. El carácter de los escasos yacimientos en que, como en el Campello, la epigrafía es frecuente, juntamente con los datos relativos a otra de las cuestiones arriba anunciadas, es decir los motivos que tenían los íberos para escribir, y que se dejan vislumbrar a través de las clases de textos que encontramos, me han llevado a suponer que la epigrafía ibérica era básicamente producto de la actividad de mercaderes que participaban, en igualdad de condiciones con los feno-púnicos y los griegos, en el comercio marítimo, y posiblemente con mayor intensidad que éstos en el comercio tierra adentro, por no citar el puramente comarcal.
10. No voy a insistir en la cuestión, puesto que la he tratado reiteradamente en trabajos recientes, pero sí merece la pena en relación con ella volver sobre un tema que hemos dejado abierto más arriba, el de la identificación de los íberos. Hemos visto que en las primeras fases de la epigrafía ibérica podemos contar con dos núcleos fundamentales, el de Contestania, al que tal vez haya que sumar Edetania, y el del área de influencia más directa del comercio ampuritano. ¿Podemos llamar íberos a ambos grupos humanos? Para contestar tenemos que empezar por definir lo que vamos a entender por íberos, y puesto que en las fuentes antiguas no existe en realidad una imagen étnica precisa de ellos, tenemos derecho a utilizar convencionalmente el término de la manera que nos parezca más práctica. De hecho habitualmente se entiende por íberos aquellos pueblos que usan esa cultura material que la arqueología viene llamando ibérica, aunque se hacen ciertas exclusiones, como la de los celtíberos citeriores, cuya cultura es ibérica pero cuya epigrafía deja claro sin lugar a dudas que se trataba de gentes célticas. La lengua en efecto ha jugado un papel decisivo a la hora de considerar íbero o no a un pueblo, y puesto que allí donde encontramos cultura ibérica solemos encontrar epigrafía ibérica, no es de extrañar que se haya dado el salto de cultura material a etnicidad sin grandes sobresaltos.
Precisamente es ése el concepto de íbero que pretendo utilizar aquí; un íbero es un individuo cuya lengua materna es el ibérico. Pero esta definición puede coincidir o puede no hacerlo con la que llama íberos a quienes poseen una cultura material ibérica e inscripciones ibéricas. Los habitantes de Oxyrhynchos en época greco-romana eran básicamente egipcios y egipcio era lo que se debía escuchar en la calle con mayor frecuencia, pero sus textos están en griego; en gran parte de Aquitania en época imperial se hablaba vasco, pero las inscripciones son latinas; en el reino de León en la alta edad media se hablaba leonés y castellano y árabe, pero los documentos estaban escritos en latín, que nadie hablaba. Cuando no tenemos información precisa sobre los componentes étnicos de una sociedad determinada no podemos dar por supuesto que la lengua que utiliza en sus documentos escritos es la única que habla, ni siquiera la más extendida como lengua hablada. Por ello es necesario preguntarse qué hablaban los habitantes de Contestania y los del Ampurdán en el siglo V, ¿eran realmente íberos? Más aún, ¿hablaban la misma lengua? Lo que sabemos de la prehistoria y protohistoria iniciales de la Península no haría esperar una identidad étnica y lingüística entre ambas regiones, a no ser que existiesen indicios de que la expansión de la cultura ibérica en sus fases iniciales había ido acompañada de un desplazamiento de gentes de cierta importancia, pero tales indicios no existen. ¿Por qué se escribía entonces ibérico tanto en el Ampurdán como en Contestania?.
Un comienzo de respuesta lo encontramos en el sur de Francia, en Pech Maho, donde tenemos el testimonio más antiguo de la lengua ibérica, en el famoso documento comercial jonio sobre plomo en el que se mencionan testigos con nombres transparentemente ibéricos. De hecho suele afirmarse que el plomo ilustra el contacto de dos grupos, los comerciantes griegos y los indígenas íberos, pero en realidad los grupos en cuestión son tres, griegos, íberos y un tercer componente mal definido en el que creo debe verse a los auténticos indígenas. La posición de los íberos en Languedoc me parece paralela a la de los griegos; ambos son gentes de la emporía, que pueden asentarse duraderamente e incluso integrarse hasta cierto punto en la sociedad indígena, pueden constituir comunidades de cierta importancia, pueden representar una fuerza social con la que no puedan dejar de contar los gobiernos indígenas, pero son gentes foráneas, que mantienen la conciencia de su alteridad y la tradición de su lengua y su cultura. Así era todavía en los albores de la conquista romana, como se deduce claramente de un importante artículo de J. Untermann. Ahora bien, ese elemento foráneo y minoritario se diferencia de los indígenas en algo fundamental, sabía escribir, y por lo tanto hoy día su lengua es la que aparece con claridad en el registro arqueológico, lo que nos lleva a confundirla con la de la población local. Pero en los íberos de Languedoc debemos ver esencialmente unos metecos, representantes de la eterna presencia en las costas mediterráneas de esas comunidades que viven del "ponto", del mar como camino y tránsito de mercancías.
La situación en Languedoc nos advierte de lo que puede ocurrir en Ampurdán. No cabe duda de que en esa región había auténticos íberos, hablantes de lengua ibérica, pero esos íberos están atestiguados fundamentalmente en dos lugares, en Ampurias, una ciudad con seguridad no ibérica, y en Ullastret, en donde la rica coleción de epigrafía ibérica nos ofrece, junto a nombres de persona ibéricos, otros no identificables. Que el ibérico era la única lengua que se escribía en Ullastret es seguro, que una parte de los que allí habitaban eran iberos en sentido estricto también, pero no es inverosímil, es incluso probable, que una parte de la población no fuese ibérica aunque los más destacados de sus miembros fuesen capaces de expresarse en ibérico incluso por escrito. Obviamente si conviven en un mismo lugar un elemento dinámico y activo en el comercio, que reaparece en el cercano emporio griego, y otro elemento más anónimo, que no ha dejado huellas fuera de un entorno limitado, este último debe ser el elemento indígena.
Los íberos por lo tanto aparecen fuera de un territorio que es el suyo propio, y con el que todavía no nos hemos encontrado. Son gentes que practican la emporía, por lo que pueden aparecer ocasionalmente, con una presencia temporal pero que puede dejar huella escrita, en lugares diversos, y que pueden asentarse definitivamente, constituyendo colonias de metecos que perduran durante generaciones, en puertos activos. La epigrafía ibérica del territorio layetano no es todavía suficientemente explícita para permitirnos plantear una hipótesis con base suficiente; es claro que en la zona se movían los mercaderes íberos, pero no sabemos si también se dio una emigración de volumen mayor o menor.
En contrapartida creo que podemos afirmar que los contestanos eran íberos. El argumento básico está, no tanto en la indudable riqueza de su epigrafía ibérica, en la ausencia de indicios de otro elemento indígena, en la opinión de muchos arqueólogos que ven en la zona las raíces de la cultura material ibérica, sino en la escritura greco-ibérica. Parece en efecto que debemos aceptar que ésta fue creada en Contestania para escribir ibérico, y suponer que unos íberos desplazados aprendiesen a escribir su lengua fuera de su territorio y utilizasen esa escritura sólo en el exterior parece excesivamente retorcido. Las gentes de Contestania, a la vez en contacto con una zona más occidental, en la que se utilizaba la escritura meridional, y con émporoi y metecos griegos, aprendieron a escribir su propia lengua en dos sistemas distintos, y esa lengua era el ibérico. Pero finalmente esos sistemas iban a ser sustituidos en la propia Contestania por un tercero, la escritura levantina.
¿Quiénes crearon la escritura ibérica levantina? Es éste quizá el problema más importante, aparte la comprensión de los textos, que tiene planteado la epigrafía ibérica. La escritura levantina es, según creo, una adaptación de la meridional, que sin embargo también se utilizó para escribir ibérico. No sabemos si la creación de la escritura levantina implica una respuesta a deficiencias de la meridional, o si sus inventores conocían la escritura meridional exclusivamente como vehículo de una lengua o lenguas no ibéricas, y por lo tanto no sabemos, a falta de datos arqueológicos, en que zona se produjo la adaptación.
Esa ignorancia condiciona en parte nuestra capacidad para responder a otra pregunta fundamental: ¿eran íberos los edetanos? Pudieron serlo, e incluso haber creado la escritura levantina, pero nos faltan testimonios decisivos. Los dos indicios más importantes pueden ser engañosos o tener un valor puramente local. De un lado, resulta difícil creer, pero no imposible, que la producción de cerámicas de Liria recuperada en el propio yacimiento tuviese por clientela exclusivamente a una comunidad meteca, o a una comunidad meteca y una reducida aristocracia local extrangerizada en sus hábitos. Por otro, la epigrafía saguntina, por su variedad, y porque tal vez en ella tengamos algún testimonio de epigrafía pública o semi-pública, aparte la moneda, parece indicar que el ibérico era la lengua propia de la ciudad. ¿Pero era Sagunto una ciudad edetana, o sólo una ciudad de Edetania?
11. La conclusión de este panorama podría ser muy optimista o muy pesimista. Obviamente lo que está claro, a la vista de las inscripciones ya publicadas que no pudieron todavía ser recogidas en MLH, es que los hallazgos van a seguir multiplicándose, y ese es el motivo principal de optimismo; nuevas inscripciones implican nuevos conocimientos, el no excluible hallazgo de un bilingüe en buen estado y de cierta longitud puede significar una revolución en nuestras ideas actuales.
Pero precisamente porque el futuro está en esos hallazgos, porque son ellos los que pueden hacer que este fin de siglo sea, más que apertura de un prolongado período de somnolienta acumulación de pequeños detalles, comienzo de un progreso aún más rápido que el de los últimos años, es preciso cuidarlos y cuidarse de ellos. Concluiré por lo tanto con unas rápidas observaciones sobre ambos cuidados.
Cuidarnos de ellos porque en nuestra presente situación de ignorancia es relativamente fácil inventar un texto ibérico que parezca aceptable, porque existen recursos técnicos muy asequibles para preparar soportes que puedan engañar al aficionado que carezca de medios para comprobarlos adecuadamente, y sobre todo porque en el actual estado de "excitación económica" que rodea a las antigüedades sobran los estímulos para suplir con industria lo que el detector no sepa encontrar. Que esto no es mera hipótesis parece deducirse de indicios recientes.
Así las cosas creo que en principio todo texto, en particular plomo, que no proceda de excavación o prospección regular, que no haya pasado a colección pública donde haya podido ser analizado técnicamente, y que no contenga rasgos lingüísticos con seguridad auténticos que estuviesen aún inéditos en el momento de su aparición debe ser mirado con una cierta desconfianza, y al utilizar sus datos el investigador debe advertir siempre al lector de su carácter no totalmente seguro. En estas condiciones se encuentran por ejemplo, de entre el material ya publicado, una docena de plomos levantinos entre los que se pueden encontrar en las secciones F y G de MLH.
12. En cuanto al cuidado de las nuevas inscripciones, es obvio que lo que se necesita es publicación rápida y competente, buenos dibujos y fotografías y buena descripción de los aspectos arqueológicos, condiciones de hallazgo, contexto, soporte, etc. Pero creo que la evolución de la epigrafía ibérica en los últimos años está haciendo evidente que existen problemas que exigen nuevos modos de operar. Como he dicho antes los MLH se terminaron de publicar, en lo que al material ibérico se refiere, hace cuatro años. También he dicho que desde entonces se han publicado cerca de doscientas cincuenta inscripciones nuevas. Se trata de un crecimiento rápido, en un cierto sentido demasiado rápido, porque en muy poco tiempo nos va a colocar en una situación tan pésima desde el punto de vista de la investigación como la que existía antes de que se publicase MLH III, con el agravante de que el manejo adecuado de los epígrafes exige cada vez más un conjunto de conocimientos, de un lado lingüísticos y epigráficos, de otro técnicos sobre distintos aspectos arqueológicos, contextos estratigráficos, características y datación de los soportes sean cerámicos o de otro tipo, etc., finalmente históricos, que supera con creces las capacidades de una persona. Parece llegado el momento por lo tanto de buscar soluciones de otro tipo, y creo que la más adecuada sería la creación de un equipo, interdisciplinar y supralocal, que mantenga vivo sobre soporte informático un corpus que de partida tenga las óptimas características de MLH, y al que tengan acceso los investigadores que por los más diversos motivos desean o se ven obligados a enfrentarse con la epigrafía ibérica. Por supuesto se trata de un proyecto difícil, en el que no sólo hay que aunar voluntades sino conseguir apoyos institucionales, y no es muy probable que pueda prosperar. Pero en todo caso, con o sin esas facilidades, los textos van sin duda a seguir multiplicándose como en los últimos años, y ése es nuestro principal motivo de optimismo.
1 Entre los que sin embargo también se había filtrado alguna inscripción falsa, como la nº XXXIV.